Paseo por Buenos Aires el 6 de junio
Nuevo paseo por el centro de Buenos Aires con el mismo acompañante y comida con varios profesores del Departamento de Lingüística: intercambio de amabilidades y de libros. En la catedral, vi el monumento de uno de sus héroes de la independencia. Pero lo que más me llamó la atención de todo el templo, fueron los uniformes de los dos granaderos que permanentemente hacen guardia a la entrada de la capilla donde se guardan sus restos. Siempre me ha dado mucha pena este tipo de guardias de honor, porque pienso en lo duro que tiene que ser estar, por lo menos, una hora de pie, inmóviles. Estas guardias hacen muy bonito, pero no puedo dejar de pensar en la circulación de las piernas, pobrecillos. Ahora mismo que escribo estas líneas, seguro que en el mundo hay muchos soldados de pie durante horas, en posición de firmes, delante de palacios, mausoleos y similares. Elogié mucho el uniforme de época de los granaderos, como ya antes había elogiado el diseño del uniforme de la policía, hice una nota mental: dejar de alabar esto por el día de hoy, no sea que piense que soy un fetichista de los uniformes.
Cojo un taxi al aeropuerto para tomar un vuelo Paraguay. Sentado en la salita de espera de la puerta 6 de la terminal, observé aburrido que en el mismo avión que me iba a llevar a La Asunción iba a montarse un grupito de jovencísimos mormones, un poco más lejos vi a un monje budista que también esperaba. Al cabo de casi una hora, me levanté para estirar un poco las piernas, quedándome cerca de los mormones, mientras el monje se aproximaba a la puerta. En un momento dado, en un instante justo, las bolas se movieron formando una conjunción: estábamos uno al lado del otro los mormones, el monje y yo, en perfecta alineación. Es evidente que habían sido necesarios siglos de evolución religiosa para que esa alineación se pudiera producir.
El monje mostraba una cara inexpresiva, esa cabeza rapada estaba acostumbrada a la contención de todas sus emociones, ni un sentimiento afloraba a su rostro. Por el contrario, la trentena de jovencísimos mormones, rondando todos los dieciocho años, mostraban la emoción del viaje, sus sonrisas nerviosas, su agitación, dejaban patente la aventura que para ellos era trasladarse a misionar un país que no conocían. Aquel alegre rebañito de mormones latinoamericanos, con su impecable americana y corbata, de rostros morenos, más bien bajitos, estaban acompañados de cinco jefes: hombres de unos cincuenta años, vestidos con impecables trajes y sentados aparte. No pude evitar pensar el contraste que ofrecían aquellos mormoncitos alegres e ilusionados, bromeando algo excitados, con aquellos cinco hombres cuyas caras sólo reflejaban la soberbia del cargo tan importante que estaban convencidos de ejercer. Sus gestos, sus movimientos, sus caras parecían predicar un solo mensaje: qué importante soy.
Una vez en el avión, el azar del ordenador que repartió los asientos dispuso que me sentara junto a dos de estos pequeños mormones. Digo pequeños porque ambos al ser indígenas (peruano uno y guatemalteco el otro) eran bajitos, parecía yo un padre con sus hijos; un padre católico con sus dos mormoncitos. Los dos eran una delicia de personas, tan cándidos, tan sencillos, tan llenos de los mejores sentimientos. Les pregunté cuáles eran sus cardenales (los llaman Apóstoles), cómo llamaban a su Papa (lo llaman Profeta), si pueden beber vino (negativo) o si no pueden comer cerdo (sí, pero no mucho).
Ya estoy en Paraguay. Tres fotógrafos con sus flashes hicieron más cálida mi llegada al aeropuerto. Allí estaban sonrientes dos personas pertenecientes al Instituto de Ciencias Políticas y Diplomáticas Tomás Moro. Yo, con mi clériman negro, estrechando manos a gente que me sonríe, no tardo en darme cuenta de que las vestiduras clericales, negras y de cuello cerrado, están más pensadas para Europa que para climas subtropicales.
Cojo un taxi al aeropuerto para tomar un vuelo Paraguay. Sentado en la salita de espera de la puerta 6 de la terminal, observé aburrido que en el mismo avión que me iba a llevar a La Asunción iba a montarse un grupito de jovencísimos mormones, un poco más lejos vi a un monje budista que también esperaba. Al cabo de casi una hora, me levanté para estirar un poco las piernas, quedándome cerca de los mormones, mientras el monje se aproximaba a la puerta. En un momento dado, en un instante justo, las bolas se movieron formando una conjunción: estábamos uno al lado del otro los mormones, el monje y yo, en perfecta alineación. Es evidente que habían sido necesarios siglos de evolución religiosa para que esa alineación se pudiera producir.
El monje mostraba una cara inexpresiva, esa cabeza rapada estaba acostumbrada a la contención de todas sus emociones, ni un sentimiento afloraba a su rostro. Por el contrario, la trentena de jovencísimos mormones, rondando todos los dieciocho años, mostraban la emoción del viaje, sus sonrisas nerviosas, su agitación, dejaban patente la aventura que para ellos era trasladarse a misionar un país que no conocían. Aquel alegre rebañito de mormones latinoamericanos, con su impecable americana y corbata, de rostros morenos, más bien bajitos, estaban acompañados de cinco jefes: hombres de unos cincuenta años, vestidos con impecables trajes y sentados aparte. No pude evitar pensar el contraste que ofrecían aquellos mormoncitos alegres e ilusionados, bromeando algo excitados, con aquellos cinco hombres cuyas caras sólo reflejaban la soberbia del cargo tan importante que estaban convencidos de ejercer. Sus gestos, sus movimientos, sus caras parecían predicar un solo mensaje: qué importante soy.
Una vez en el avión, el azar del ordenador que repartió los asientos dispuso que me sentara junto a dos de estos pequeños mormones. Digo pequeños porque ambos al ser indígenas (peruano uno y guatemalteco el otro) eran bajitos, parecía yo un padre con sus hijos; un padre católico con sus dos mormoncitos. Los dos eran una delicia de personas, tan cándidos, tan sencillos, tan llenos de los mejores sentimientos. Les pregunté cuáles eran sus cardenales (los llaman Apóstoles), cómo llamaban a su Papa (lo llaman Profeta), si pueden beber vino (negativo) o si no pueden comer cerdo (sí, pero no mucho).
Ya estoy en Paraguay. Tres fotógrafos con sus flashes hicieron más cálida mi llegada al aeropuerto. Allí estaban sonrientes dos personas pertenecientes al Instituto de Ciencias Políticas y Diplomáticas Tomás Moro. Yo, con mi clériman negro, estrechando manos a gente que me sonríe, no tardo en darme cuenta de que las vestiduras clericales, negras y de cuello cerrado, están más pensadas para Europa que para climas subtropicales.
9 de junio
Hoy, durante la mañana, en un mismo lugar, he dado tres charlas: sobre la Biblia, sobre el poder de atar y desatar, la tercera no recuerdo muy bien sobre qué era, pues al final ha resultado una mezcla de temas, preguntas y todo tipo de intervenciones espontáneas. Después he impuesto las manos sobre unas personas, al final las he impuesto sobre todas. Al principio se han formado dos hileras en el pasillo de las sillas. Pusieron dos reclinatorios y yo les bendecía de dos en dos, poniendo una mano sobre cada cabeza. Como se perdía tiempo en la operación de arrodillarse y levantarse, y esperar que los siguientes hicieran lo mismo, ante la masa humana que aguardaba su turno, he indicado que se sentaran en la primera fila del auditorio y he sido yo el que me movía. Aun así he estado más de media hora bendiciendo madres con niños, ancianos y gente de todo tipo. Gente que me siguió hasta la puerta del mismo coche que me tenía llevar a almorzar. Y aun allí mismo un notario me suplicó que le bendijera, contándonos brevemente su historia que enterneció a las treinta personas que me habían seguido hasta el automóvil. Este tipo de cosas sólo pueden suceder en América. Aquí la fe y la inocencia de estas almas se palpan.
11 de junio
Ayer cené con el arzobispo de La Asunción y con los miembros del Instituto Tomás Moro. Pedí un surubí, que es un pescado que se da en el río Paraguay. De postre tomé un exquisito mouse de maracuyá, que es un fruto tropical de carne verde, gruesas pepitas comestibles y de efectos relajantes; ya me lo habían advertido. Tras el mousse se me caía la cabeza escuchando al arzobispo. Le escuchaba pero los párpados se me caían.
Ayer también visité la editorial que ha publicado los dos libros que en este viaje presento. Yo creía que sólo iba a intercambiar unas palabras con el director. Pero el dueño había reunido a todos los trabajadores en una sala, donde había puesto sobre una mesa un crucifijo y dos velas encendidas. Se suponía que yo iba a decir unas palabras, cosa que hice. Después, bendije todas las oficinas echando agua bendita en todas ellas.
Impresionante el cementerio paraguayo de panteones al que me he asomado hoy.Aquel cementerio era algo realmente kitsch, sólo faltaban letreros de neón en aquellas estrechas “calles”. A estos cementerios latinoamericanos les falta ese carácter tétrico de los europeos o norteamericanos: demasiados colores, demasiados elementos no pétreos. Una película gótica en un cementerio subtropical resulta poco creíble, falta ambiente.
12 de junio
12 de junio
Ayer hicimos 370 kilómetros desde Asunción hasta Encarnación para ver las misiones jesuíticas al día siguiente. El obispo de la diócesis, al saber que iba a visitar las reducciones, me había invitado a predicar en la catedral. Después de dejar las cosas en el hotel, me puse la sotana y me dirigí al templo, donde poco después llegó el prelado acompañado del vicario general, que era un navarro vecino de mi Barbastro natal. La amabilidad, la alegría del encuentro fue sincera, yo había cenado con monseñor un año antes en la capital, en la presentación de un libro mío que tuvo la gentileza de prologarme. Allí, una vez más, prediqué sobre los peligros del payé, la macumba, el candomblé y el vudú ante una catedral llena y ansiosa por conocer más sobre estos temas. Lo más entrañable de todo fue que al acabar unas personas me pidieron la bendición, y enseguida cientos de personas me rodearon pidiéndome que les impusiera las manos y les bendijera. Me dejé rodear y con ilusión impuse las manos sobre las cabezas de ancianos, niños, monjas, adolescentes de cabezas rizadas y bebés. Impuse las manos durante más de veinte minutos, porque la fe de aquel pueblo sencillo era de lo que no se encuentra en una Europa fría y de una religión cada vez más intelectual. Allí estaba rodeado de fe en estado puro. Esa multitud sólo quería tocar al predicador, al hombre de Dios. No me importó estar en el centro de ese epicentro de religiosidad humana. Fui testigo, en el siglo XXI, de la escena de Jesús rodeado por una multitud que pedía que se la bendijera. Alrededor de mí había algo de agitación, algo de ansiedad por ser tocados, pero yo vivía la escena con la mayor de las tranquilidades. No me importaba ser testigo de la escena desde el centro.
13 de junio
Hoy me espera día y medio de viaje. Un primer vuelo hasta Buenos Aires y una espera de siete horas hasta tomar el vuelo hacia Madrid. Después de todo un día de viaje, llegaré al día siguiente a las dos y media de la tarde.
Definitivamente éste ha sido el viaje de los vuelos religiosos. A los mormones y el monje budista, hay que añadir el sacerdote cismático (de la Fraternidad de San Pio X) que venía en mi mismo vuelo. Hablamos más de una hora paseando en la terminal, y le invité a sentarse a mi lado en el vuelo. Todo el rato estuve dándole argumentos a favor de volver al seno de la Iglesia Católica de donde no creía haber salido.
Se notaba que ese cura joven era una joya como persona, trabajando hasta lo inimaginable, llevando aquella sotana en un clima tan caluroso.
Pero al final, siempre había un argumento (desde luego nada concluyente) para objetar que a la fraternidad no le afectaba ni la excomunión, ni el deber de obedecer, ni nada.
Me invitó a ir con él a Buenos Aires y regresar al aeropuerto por mi cuenta en autobús, pero me dio miedo no llegar a tiempo y perder el vuelo.
Ahora estoy sentado en el lugar donde me he tomado un bocadillo y un zumo de naranja. Desde aquí veo como caen las naranjas por un tobogán metálico hacia la máquina que las exprime. También estoy situado estratégicamente para ver una parte de las salas de espera de la terminal, la fila de cajas de una especie de supermercado Duty Free, y buena parte de varios corredores por los que anda gente con maletas. Ante mi vista pasa el joven nórdico, cuyo tamaño es más adecuado para cazar ciervos que para sentarse en un asiento de la clase económica. Este chico de cara rapada, detiene su carrito con maletas y pausadamente se pone crema en las manos, dedo a dedo. Una chica, sin detener su paso, olfatea un perfume en su muñeca y se lo da a probar a la otra. Un anciano de pelo blanco con dos vasos de plástico con café se acerca a la mesa de su señora. Todos los tipos de piel pasan ante mí. Gente vestida del modo más informal y del modo más informal. Una niña rubita de camisita azul se acerca a una vitrina con objetos de decoración mármol, la vitrina colorida y muy iluminada en tonos ámbar le parece el tesoro de Alí Babá. Desde aquí veo la sala acristalada acondicionada para fumadores. Es como una pecera llena de peces que echan humo. A mi izquierda hay un puesto de venta de seguros de asistencia en viaje. En más de una hora que llevo aquí, no se ha acercado ni una persona a hacer una consulta. La chica de pelo rubio no deja de hablar por teléfono con una amiga o con un novio o con su madre. Un gigante alemán me ha pedido la silla sobrante que hay en mi pequeña mesa cuadrada. Las maderas de la silla crujen en cuanto se mueve sobre ella. Frente a mí ha pasado otra alemana (o hija de ellos) modelo walkiria de Rubens. Pronto me voy a levantar a comprar una chocolatina. Un chico con cara de poeta pasa con su guitarra en su funda, un anciano pasa con su ordenador de última generación, un chico de jersey blanco pasa con su barriga. Cuando estaba fijándome en un hombre que va vestido con una gabardina y un sombrero que le hacen parecer recién salido de una película de los años 60, pasa un chico con una corbata rosa con trocitos de fruta que es el no va más del mal gusto. La chica del puesto de venta de seguros sigue esperando algún cliente. Dos enamorados –se nota cuando una pareja está enamorada- andan junto a un oriental que trata de abrir mucho los ojos tratando de leer o descifrar los carteles. Un chico rubio muy joven, con coleta y barba de chivo, espera con su hija mientras su joven esposa, muy morena, compra algo en esta franquicia de CaféCafé que tengo delante. Todos hablan casi tanto personalmente como a través de los móviles. Ahora por primera vez se ha parado ante el puesto de la chica de seguros un chico mestizo, grueso, con pinta de dictador sudamericano. Por fin se decide a hablar a la chica. Falsa alarma, sólo deseaba información sobre algo relativo a teléfonos. Dos chicos de siete años van corriendo como galgos sobre la moqueta al aseo de caballeros. Llegan los dos a la vez. Un piloto con su gorra y uniforme azul oscuro cuenta billetes mientras compra algo en la cafetería. La chica que en la cafetería sirve, tiene la cara de una Virgen flamenca de piel blanca , nariz respingona y ojos saltones y claros, pero su mirada tiene malicia. Un señor que está junto a unas botellas de vodka en una tienda tiene la misma cara que mi vicario general. Aunque sé que es imposible que se halle en esta latitud, también sé que si me acerco el espejismo del parecido se desvanecerá. Fuera ya comienza a anochecer, lo veo a través de las grandes cristaleras. Veo la noche caer sobre los aviones aparcados afuera. Tengo que perder peso, sólo he tomado un bocadillo, pero veo que otros se atracan como ogros, combatiendo el aburrimiento de la espera a base de gastronomía.
Sexta hora en la terminal.
Dos niños de cuatro años han montado una lucha de tortugas ninja contra Superman. Sentados en la moqueta, han colocado sus numerosos muñecos sobre un asiento de tela azul y se divierten ajenos al aburrimiento de los que esperamos.
En la pelea también interviene Batman. Las figuras pueden ser de plástico y ni ninguna se sostiene en pie sobre la superficie de la butaca, pero los niños se toman esta batalla completamente en serio. ¿Qué extraños mecanismos del subconsciente de estos niños se pondrán en marcha para dar la victoria a uno u otro bando?
Octava hora de vuelo.
Leía justamente esta noche en un libro de Alicia Steimberg que a toda mujer le gustaría pasar una noche con un marino. No sé si toda mujer ha pasado tal noche, lo gracioso es que a mí sí que me ha pasado tal cosa precisamente la misma noche en que he leído el dichoso párrafo. El acompañante que ahora mismo ronca feliz a mi lado, es un marino de Vigo. No es el acompañante ideal este cincuentenario de nula conversación y que integra la tripulación de un pesquero de altura compuesto de una treintena de españoles, peruanos y un cocinero. Lo peor no es tener al lado un mueble mudo, sino que este señor invade mi escaso terreno. Es muy duro estar tan apretado en este asiento toda la noche, pero peor si el de al lado pone su codo generosamente en mi costado. Y la cosa le debe parecer poco, porque su pierna también invade un 30% de mi espacio por abajo. Pero bueno, al menos como ya he dicho ronca. El olor corporal, del que también está dotado, es lo que menos me importa ya que este es un sentido del que poco generosamente me ha dotado el Creador, y dada la situación no me quejo.
En la terminal he visto mucha gente esta tarde mientras tomaba mi zumo de naranja. Y después, en mi asiento del avión, no podía evitar el meditar con los ojos cerrados acerca de la gran diferencia de belleza que hay entre los hijos de Adán y las hijas de Eva que se mueven delante de mis ojos. He visto jóvenes con toda la vida por delante, dotados de una belleza envidiable. He visto a otros que a pesar de la juventud de su edad carecían de esa cualidad. Pero desde mi asiento, llego a la cristiana conclusión de que lo que falta por un lado es compensado por otro. Es decir, creo que más o menos todos los seres humanos tienen una similar distribución de regalos divinos, compensándose por un lado lo que por otro se recibe en poca medida. Todos estos pensamientos acerca de la justicia de la vida y la Justicia Divina me han venido porque en la sala de espera de la puerta 9, donde aguardaba a entrar, había una chica de más de dos metros de altura y melenita rubia que me ha parecido la chica más bella que he visto en mi vida. No he tenido ni el más pequeño torcido pensamiento, pero al mismo tiempo afirmo que si hubiera visto las pirámides de Egipto no me hubieran parecido más bellas, por supuesto no me hubieran impresionado tanto. ¿Por qué unos gozan de tanta salud, belleza, juventud y dinero y otros tan poco?, eso es lo que iba rumiando todo el rato después durante el comienzo del viaje. Es curioso, aunque me esfuerce por no manifestarlo externamente, la belleza es algo que a veces llega a producir en mí una gran conmoción de todos mis pensamientos. En algunos casos, ha causado la vacilación de mis palabras y el azoramiento de mis gestos.
