martes, agosto 07, 2007

Fortea en voyage

Ya estoy alojado en la rectoría de esta catedral de Estados Unidos. No diré el nombre para evitar que la gente que quiere verme llame. Aunque mañana sí que llamaré a un lector del blog que vive justamente en esta ciudad.

El amabilísimo obispo auxiliar descendiente de alemanes me estaba esperando en la terminal. Mientras íbamos en el coche hablábamos de esto y de aquello, pero en realidad en lo único que iba pensando todo el rato dentro de mi cabeza era en el hecho de que alguien de su importancia haya salido a recibirme. Hemos comido juntos en un restaurante. Y lo mismo, no pensaba en otra cosa. Lejos estaba de saber que un pequeñísimo trocito de ensalada se me había quedado entre dos dientes y que cada vez que sonreía presentaba un aspecto lamentable. Pero como no lo sabía, tampoco he sufrido.

Después me ha enseñado la rectoría de la catedral. Es tan grande, que él mismo se sorprendía de vez en cuando y me decía: por aquí nunca había pasado. Fantástico escenario para rodar una película. Después me ha enseñado la catedral. Como obispo que es, en un momento dado, ha abierto la cancela que cerraba el presbiterio y me ha llevado hasta el baldaquino, ¡impresionante! Mosaicos, mármoles, estatuas, todo con un gusto supremo. Que un obispo te enseñe cada palmo de la catedral resulta una marvelous experience. Después me ha enseñado el obispado o chancery. Al cardenal R. le gustaba la arquitectura moderna. Y efectivamente, el edificio del obispado pertenecía a aquellos arquitectónicamente desafortunados años 70.

En plan de broma le he dicho que cuando ese buen cardenal llegó al cielo le dijeron que el único pecado que tenía era su gusto por la arquitectura de los años 70. Pero que cinco minutos después ese mismo cardenal dejó de sonreír y exclamó: ¡no sabía que eso era tan grave! Como es lógico este chiste mío traducido ha perdido buena parte de su gracia y no sé hasta qué punto ha sido malinterpretado.

Por allí hemos ido mientras me iba enseñando los despachos y presentando a los que allí trabajaban. Yo inconsciente de mi lechuguita, sonreía a todos, dando una mala imagen de España.

La cena ha sido en una larga mesa con candelabros en un comedor de paredes forradas de madera, allí estaba también el párroco de la catedral. La cena no ha estado a la altura de aquellas maderas nobles.

Por la noche me he dedicado a hacer excursiones por la rectoría, a mirar qué había expuesto en los armarios, a buscar alguna galleta en la cocina y a admirar el gran carillón que hay en el gran vestíbulo que da a nuestras habitaciones. Después me he sentado y he visto un reportaje sobre las catacumbas de París y sobre la fabricación del chocolate, cambiando de canal con un mando que hay que tener a cierta altura para que funcione. Yo creo que son las pilas.

¿Moriña? Sí, sí, todos los días. Hecho de menos mi casita. No cambiaría mi nido por ningún viaje que dure más de una semana. No tengo alma de nómada.

4 comentarios:

  1. Son bonitas las catedrales, tienen un encanto. Sólo el paseo por los tejados, campanarios y rincones es una buena excursión.

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  2. ¿Será que las lechugas norteamericanas están hechas a base de silicona adherente?

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  3. Anónimo1:00 p. m.

    jaaaaaaaaaaaajaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaja.HILO DENTAL.SE TE HA OLVIDADO.

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  4. Anónimo2:37 p. m.

    estamos siguiéndote al pie de la letra padresito y admire todo lo que sea bello que como la casa de uno no hay nada más placentero.j

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