viernes, marzo 28, 2008

Loa a Europa I


Hoy quisiera hacer un canto a mi cultura, mi raza y mi tierra. Si un camboyano, un guineano o un peruano hicieran esa loa de su tierra o de su estirpe, nadie se sentiría ofendido; es lógico que cada uno se sienta orgulloso de lo suyo. El problema con Europa es que después del nazismo, reconozco que hacer esa loa suena a racismo, a superioridad colonialista o a simple chulería. Pero entendiendo que cada uno debería, si le apetece, hacer la alabanza de su comunidad, yo voy a hacer la mía.

Yo me siento profundamente identificado con la tierra en la que me ha tocado nacer y vivir. Me encanta esta Europa de reinos, torres de pequeñas iglesias, castillos, bosques, acantilados, islas vikingas, picos nevados y diversidad de razas, lenguas y culturas que conforman una unidad. Una unidad variada que sentimos como una misma familia. Cualquier nación de Europa tiene en su seno todas las razas de este continente después de milenios de migraciones. En los bustos de Tesalia o de Ática, veo rostros que podrían ser perfectamente los de mis abuelos. Podría poner mi cabeza en piedra sobre el cuerpo de un senador de un friso de la Roma Republicana y no desentonaría. Reconozco en esas piedras rostros familiares, no extranjeros, a pesar de la distancia. Muchas veces he comparado mi piel con la de irlandeses o polacos, y he comprobado que también la sangre de los antiguos nórdicos que traspasaron el Rin corre por mis venas.

Me siento muy orgulloso de esta tierra romano-germánica, una tierra de órdenes griegos y monasterios eslavos, tierra de nieves, brumas, playas soleadas y de ardientes suelos de agosto donde crecen los olivos y los mitos de Teseo y de Electra.