
Hoy he oficiado una de esas bodas que te dejan un maravilloso sabor de boca. Dos colombianos jovencitos que se amaban arrebatadoramente. Los dos con el más dulce de los caracteres. Eran muy jóvenes, sí. Pocas veces he estado en una boda en la que tuviera yo tan gran seguridad de que ese matrimonio iba a ser un éxito rotundo del amor.
Después una cena con varios de los más íntimos de mi parroquia: bromas, buen humor, una comida fantástica, una delicia de tiempo compartido.
La vida parroquial está llena de pequeños momentos deliciosos, de grandes momentos litúrgicos, de grandes celebraciones y de pequeñas cenas, de momentos de una seriedad tal en que parece que se palpa el Misterio, y de risas de la sacristana y de su nieto de ricitos dorados, bajo la complaciente mirada de su madre irlandesa. La parroquia es un microcosmos, un hogar, una casa, una cena, una Cena, niños que corren, la niña vestidita de blanco con guirnalda que me ha tirado su puñito bien lleno de confeti, todavía tengo algo de confeti entre mis canas.
Mañana México. Estaré en ese soleado y amplio país dando conferencias durante tres días. Dar conferencias me encanta, disfruto, siempre improviso, nunca las preparo. Vivo cada momento de la conferencia como un momento de inspiración o de falta de inspiración. Pero salga mejor o peor, jamás pienso presentarme ante el público a leer. Eso no sería una conferencia, sería un acto de dictado con momentos de interpretación. Sí, una de las cosas que más me gusta de la vida es dar conferencias. Lamento que la mayor parte de la Humanidad no haya dado nunca ninguna conferencia, es un gran placer.
