domingo, agosto 31, 2008

Alien en versión Insalus


Mentiría si dijera que durante todo el día he pensado en otra cosa que no sea en la gran tribulación por la que pasaré el próximo martes. Ay, ¿qué habre hecho para merecer una colonoscopia?

En una película ambientada en el siglo XIX, escuché como cierto vividor le decía a su compañero de juergas: la espera es la antesala del placer.

Pues sí, en mi caso, si hoy he estado así, no quiero ni pensar lo que será mañana en un día en el que no puedo comer nada, na-da. ¿Y qué será de mí el día del auto de fe? El día en que la ciencia comprobará con arrogancia su total dominio sobre este pequeño peón del tablero.

Señores, hay un diferencia muy grande entre que te lleven a la fuerza los soldados del duque enviados por el inquisidor, a que tú mismo seas el que por tu propio pie vayas a la cámara subterránea, esperes en la antecámara oyendo los gritos, y finalmente tú mismo te tumbes sobre el potro cual mansa víctima. Esto segundo es una tortura de un refinamiento tal, que ni el mismo Bernardo Gui hubiera podido imaginarlo en sus más retorcidas imaginaciones.

De verdad, nunca me imaginé que en pleno siglo XXI tendría que ver escenas como de las que voy a ser testigo el próximo martes. En las películas de ciencia-ficción que veía de niño, te pasaban un aparato con unas lucecitas intermitentes por encima de la zona afectada, y el médico muy serio le decía al protagonista que todo había salido bien, pero que tendría que estar en cama todavía un par de días más.

Lamento decir que nuestra civilización ha volcado todos sus esfuerzos, de capitales, de mentes privilegiadas en desarrollar Internet, efectos en 3D para películas, juegos virtuales, y mandangas por el estilo, habiendonos dejado a las pobres víctimas en manos de crueles colonoscrófagos.

En serio, orad por mí. Firmado: Un alma todavía más acongojada que ayer.

¿Por qué a mí, y no a alguno de Ezquerra Republicana?


Queridos, tengo una mala noticia que daros. Algo que pensé que no os tendría que decir en toda mi vida. El martes me van a hacer una colonoscopia. Sí, sí, como habéis oído.

Dudé si decirlo o guardármelo en mi augusto pecho. Pero finalmente he decidido que si algún alma bondadosa quiere rezar por mí, se lo agradecería.

El síntoma mínimo que me va a llevar a este mal trago es una ligerísima y extraña sensación que noto en un punto concreto de mi intestino. Algo que no llega a dolor, pero que se mantiene a pesar de que ya han pasado varios meses. La doctora dijo: cómo va a llegar a los cuarenta es mejor que se la haga, por precaución.

Así que celebraré el ya próximo meridiano de mi vida comprobando los adelantos médicos en carne propia. Martes por la tarde.

Me siento fatal. Muy mal, muy mal. Hoy en el pueblo he comenzado la novena de la Virgen de la Oliva con la iglesia llena. Pero sólo pensaba en una cosa. Y todavía quedan dos días y medio.

Pueden llevar batas blancas y hacerlo con aparatos muy técnicos, pero todo eso me suena a tortura medieval. Todo muy científico, pero las voy a pasar como un interrogado por la Inquisición de Lucio III. Y aquí no vale decir: No puedo más. Hablaré. No, aquí el arrepentimiento no sirve de nada. No les importa. Seguirán y seguirán profundizando en la cuestión hasta que sus instintos más primarios se vean saciados.

En serio, orad por mí. Firmado, un alma atribulada.

sábado, agosto 30, 2008

Los viejos buenos tiempos y el dulce momento presente



Hoy he comido con un antiguo formador del seminario de Pamplona, de la época en que yo era seminarista. Aceptar esta invitación que provenía de un compañero de curso no ha sido fácil, porque yo tenía la impresión de que este antiguo formador me tenía un poco de manía. O mejor dicho, que me tenía una especial manía. Ocultaré la identidad del compañero de curso. Sólo diré que se apellida Antúnez, no daré más datos.

Lo cierto es que a mí me apetecía ver a este formador, porque siempre me gusta encontrarme con las personas con la que he convivido hace años. En este sentido siempre he mantenido relación con la gente de los lugares, parroquias y profesores por donde he pasado.

Pero en este caso sospechaba que él me pudiera recibir con una gélida mirada y una sonrisa de comprensión compasiva. Por eso cuando nuestro encuentro se ha producido en una escalera de la parroquia, nos hemos olido como se huelen dos perros que se topan por la calle atados con la correa de sus amos: atentos a cualquier señal, examinando cualquier signo que ofreciera el saludo, observando cada gesto de la cara del otro.

En seguida, me he relajado. Las señales olfativas eran excelentes. Claramente he visto que él no me consideraba un iluminado, menos un iluminado peligroso. Tres minutos después, la distensión me llegaba paulatinamente, sentados los dos en el despacho del párroco, hablando de mis libros.

El lugar del encuentro no diré cuál ha sido. Aunque podría haber sido la Parroquia de Caná.

No penséis que me he vuelto hipersensible. Pero es que ya he tenido varias experiencias non gratas con antiguos profesores y compañeros. Ir a saludarles con toda mi efusividad y sincera alegría, y recibir un jarro de agua fría.
En este caso, la comida fue agradable, un continuo recordar a los compañeros: unos en activo, otros caídos en las dunas de la vida. Uno cayó en una versión lefevriana del mensaje de Jesús, otro en una versión veterocatólica, otro tuvo problemas mentales, dos de mi curso ya han muerto, la mayoría siguen sirviendo al Reino de Dios. Los vivos nos reunimos a comer unos fetuccini hablando de los viejos tiempos.

viernes, agosto 29, 2008

Prefiero el 7º arte a las Pirámides


Me gustaría hacer referencia a algunas cosas de algunas películas:
De Metrópolis, que nunca me había imaginado un futuro tan gótico, tan catedralicio.

De El Padrino, su elegancia, el tempo de la historia, el buen hacer de un director, la sobriedad y la grandeza. Cuando se tiene una buena historia, sólo tienes que contarla.

De Schreck que no me paré de reír durante toda la película. Los vecinos vinieron a quejarse.

De Lo que el Viento se llevó que no acababa nunca y que me aburría muchísimo. Ya no me importaba la historia, sólo que acabara algún día.

De Becket, en la parte de la ordenación estaba con la boca abierta. Y las escenas de la excomunión, estaba extasiado, no creyéndome que una historia pudiera ser tan apasionante.

De Matar a un ruiseñor, que nunca he visto unos créditos tan maravillosos.

De Amadeus, el final con Mozart tareando mientras suena de fondo el Requiem, en una alternancia impresionante, en la que se mezcla finalmente la música con la muerte.

De Elizabeth, lo que más me impresiona es como se puede hacer de una historia tan buena, contando con tanto dinero, una película tan mala.
Lo siento que hoy no hable de los grandes temas de la vida. ¿Pero qué haríamos nosotros sin el cine? ¿Cómo nos consolaríamos de las desgracias e infortunios de la vida? Sin cine, hubiera tenido que gastar algo de mi mensualidad en un psiquiatra. Pero después de una buena película, digo: Qué caramba, mientras me pueda ver una buena película que me den todos los palos del mundo. Salgo como nuevo después de haber llorado, de haber reído, de haber pasado miedo, de haber experimentado el amor durante unos minutos. aunque sabía que ese amor era imposible.

No sólo era imposible ese amor por ser yo sacerdote, sino también porque quince filas de butacas nos separaban.

jueves, agosto 28, 2008

¿Qué sería de los teólogos sin Dios?


La Teología me parece una ciencia tan lógica, tan bien construida, que sería posible desarrollarla aun sin Dios. Y aun si Él, sería apasionante. Aquellos que se ríen de la Teología, se ríen de la inteligencia. Pobre Peces Barba. Pero no nos metamos con él, dejémoslo tranquilo en un rinconcito de su ignorancia. Espero que se meta en un hoyo, en una madriguera, y no vuelva a abrir la boca en un par de años.

La Teología, por el contrario, siempre ha pesado en sus cuidadosas balanzas la filosofía de sus adversarios. Los argumentos lógicos de los que se nos han opuesto en el campo racional, muchas veces, han encontrado sus más perfectos lectores, sus más agudos comentaristas, en nosotros, los cultivadores de esa ciencia racional.

Hasta tal punto, que algunos de ellos hoy son recordados no por sus ideas, sino por la grandeza de los que los rebatieron.

El catolicismo es la religión de la racionalidad. Ni nuestros hermanos protestantes, ni antes, ni después, una fe se ha esforzado tanto en entender, en buscar la razón, en replicarse a sí misma, en contrarreplicarse, en retorcer cada camino lógico hasta la saciedad, hasta el infinito, y más allá.

El catolicismo es una religión de la que sentirse orgulloso. Yo lo siento por Zapatero, viviendo en un país tan católico, rodeado de un ambiente tan intelectualmente cristiano, y que no haya comprendido nada, que siga todavía, aún, con sus mitologías guerracivilistas.

Todos los altos espíritus, aunque fueran ateos, siempre han entendido la grandeza intelectual de la Iglesia. Y la convivencia ha sido fácil. Cómo tiene que ser. Cómo es lógico. Y más con unos obispos como estos, que no son Torquemada, que no son Richelieu, que no son unos Borgia. No son perfectos, claro. Pero es que tampoco podemos ser el colmo de la exigencia. Hay que conformarse con lo que hay y hacer como yo, que tranquilo y feliz, vio una existencia sin acidez de estómago, comiendo un poco de chocolate todos los días y disfrutando de los pequeños placeres terrenales y espirituales que el buen Dios ha puesto sobre la tierra.

miércoles, agosto 27, 2008

Teólogos


En mi mundo de lecturas, el segundo gran campo que suelo transitar es el de la Teología. A los que escribimos, nos regalan ingentes cantidades de libros. Mi capacidad para despacharlos con rapidez es una habilidad lograda tras muchos años. Basta hojear durante dos minutos una obra de un autor al que no conoces de nada, para saber si tiene fuste. Los libros huecos son descubiertos inmisericordemente con rapidez. Yo ni los guardo.

La mayor parte de los libros de Teología no aportan nada nuevo para cualquiera que haya cultivado esta ciencia durante años. Insisto, nada de nada. Repiten conceptos y razonamientos archiconocidos. No exagero si digo que una misma sucesión de ideas sobre un tema, a veces, ha sido repetida centenares de veces por distintos autores que no se conocían entre sí y que viven en distintas esquinas del mundo.

Por el contrario, hay libros en que durante la hojeada inicial das un frenazo: aquí hay material nuevo. El autor no está repitiendo, está creando, está reorganizando las ideas de un modo distinto, está reflexionando de un modo más profundo sobre algo ya conocido. Esos libros hay que leerlos con calma. Normalmente, no enteros. Por bueno que sea un autor, casi siempre, el 90% del libro es pura repetición de otros libros. Sólo un 10%, un 5%, es verdadera creación.

Después, hay un tercer tipo de libros: las cumbres. Son esos libros en los que tienes que leer línea a línea con lupa, porque todo en ellos es genial. Son esos libros en que no hay paja, en los que cualquier párrafo vale más que gruesos volúmenes de otros teólogos. Cumbres hay pocas, también es verdad. Los hay de autores contemporáneos como El Regreso del Hijo Pródigo de Henri Nouwen, y antiguos como las Sententiae Patrum.

También hay autores favorecidos por la fama, la moda y la apariencia de peso. Entre ellos siempre he detestado la obra de Von Balthasar.

martes, agosto 26, 2008

Elogio de los lectores, y aun de los comentaristas


Mientras comía, he visto un reportaje sobre el colapso de la URSS. Estaba contemplando como los moscovitas en masa se echaron a la calle, cuando se dio el golpe de estado contra Gorvachov. Y entonces he pensado: ¿cómo fue posible que después de tantos esfuerzos, de tantos sacrificios, a esta gente le robaran la democracia. Dicho de otro modo: ¿cómo un grupito de gente ha logrado que actualmente les hayan robado la democracia a 300 millones de hermanos míos?

El golpe de estado enseñó una cosa a todos: lo imparable que puede ser el hambre de libertad de las multitudes. Un río de seres humanos afluyó a la calle anegándolo todo, inundando cordones policiales, tanques, todo. El golpe fracasó cuando cada mando se dio cuenta de que por debajo de él no obedecía nadie.

Y entonces apareció el oportunista Yelsin. El hombre del Partido, el integrante de la minoría opresora, sacando tajada, jugando –como siempre lo había hecho- a su favor.

El resultado: la democracia fue neutralizada desde arriba. Qué distinto hubiera sido el futuro si un Sajarov, si un Solschenitzin, hubieran sido los encargados de construir la Libertad desde cero.

Robar la libertad de cientos de millones de personas. Frente a eso cualquier pecado de lujuria, de debilidad, me parece un juego de niños. Tampoco estoy diciendo con esto que os paséis.
Pero desde luego, todos vosotros, al lado de Putin, Chávez y el enanito de Corea del Norte sois canonizables, sois unas hermanitas de la caridad.
Confío en vuestra misericordia y hasta en vuestra generosidad.
Aunque, pensándolo bien, tampoco demasiado.

lunes, agosto 25, 2008

¿A qué huelen los sueños?


Curiosamente en mi mundo onírico nunca ha aparecido un ordenador, ni este blog, ni el ajedrez, ni un solo libro (increíble), ni una misa, ni mi parroquia, raramente un familiar. ¿Por qué nunca he soñado con libros? Es algo que no puedo entender. Tampoco la religión aparece mucho que digamos. Sólo algún párroco y algún obispo anglicano. Mis sueños tratan de actuaciones ordinarias, normalmente son acciones serias.

En la cartografía que llevo realizando de mis sueños desde hace años, sigo sin orientarme. El norte, el sur, el centro de este mapa sigue sin aparecer. Estoy seguro de hasta las cosas más aparentemente caóticas suelen estar regidas por leyes. Sigo buscando qué tipo de leyes pueden regir la aparición de temas en mi mundo onírico, o qué lógica suelen seguir mis operaciones en ese mundo. Pero nada. De momento, los retazos no conforman puzle alguno.

Pesadillas no tengo nunca, ni siquiera una al año, pero sueños muy graciosos sí que alegran a veces mis noches.

Si los androides sueñan con ovejas eléctricas, ¿los curas soñamos con ovejas anglicanas?

sábado, agosto 23, 2008

Deambulando por parajes que no están lejos, porque en realidad no me muevo.


Hoy he soñado que iba al colegio de los escolapios de Barbastro. Entro en el vestíbulo, llamo a una sala donde junto a otros religiosos está el director con un hábito blanco, hábito completamente extraño a los escolapios. (Aunque en los últimos treinta años cualquier tipo de hábito ha sido extraño a los escolapios.) y el director me comunica que no tengo que hacer la tesis. La noticia me pone contento y marcho.

Aquí acaba el sueño. Aunque no toda la historia, ya que mañana probablemente me llamará Fernando, el cura de Torres, para ofrecerme su airada opinión sobre este post.
Ya veis, sueño y realidad a veces se influyen en varios sentidos. La realidad influye en mis sueños, y mis sueños influyen en la realidad, dado que no me los guardo, sino que suelo contarlos como quien cuenta una excursión.
Me gustaría pensar que este blog es todo él una excursión por mis pensamientos, por mis sueños y anhelos. Sed comprensivos. Acompañadme si queréis. Dadme la mano y prosigamos juntos este sendero.

Homo legens

Mi hambre literaria se apacienta fundamentalmente en los prados de las bibliotecas públicas. A intervalos mensuales, me paseo por los largos pasillos de la Biblioteca Municipal Cisneros, la mejor de la ciudad, en busca de esos dos libros que me hagan sentir la emoción de leer. Dos libros, porque sólo puedo sacar dos.

Mi paseo es cuidadoso. Decidir los senderos de qué libro intentaré penetrar en mi sillón, en el salón de mi casa, resulta toda una ciencia. El ingenio contenido en el título, tratar de dilucidar qué me sugiere la portada, sopesar la biografía del autor desconocido, valorar la suavidad de la encuadernación, leer varias veces la sinopsis deduciendo si de esas breves líneas se infieren grandes placeres futuros. No es fácil tomar una decisión.

Pero el error no me preocupa. Cada libro tiene un margen de cinco minutos para hacerme gustarme. Si en esos minutos su lectura no me ha satisfecho, el libro será cerrado para siempre. Aquí no hay segundas oportunidades.

Lo mejor de un libro siempre está en sus primeras páginas. Es su obertura, su fanfarria inicial, la parte más cuidada, donde el artesano echa el resto para seducir a la presa que ha caído en sus hojas. Si el comienzo de un libro no me resulta satisfactorio, paso al segundo título sin ninguna pena, sin ningún lamento. El primero era una cata, un tanteo, no he perdido nada, me queda un libro entero por leer.

viernes, agosto 22, 2008

El perro se llama Fru-frú.

Esta foto se la hice con mi móvil a mi monaguilla un día que iba ella a desayunar en la cama como es su costumbre.

Laurita y Amelie, las dos monaguillas, hacen de mí lo que quieren, soy arcilla en sus manos: al final he ido a ver Wall-e. He recibido la llamada media hora antes de que comenzara la sesión y allí estaba, entrando corriendo en el gran centro comercial a la hora.

Parte de culpa, gran parte de culpa, la tiene un comentarista del post que dijo Padre, no sufra, Wall-E es un peliculón, etc. La verdad es que tenía razón, es una buena película. No tan buena como La Increible historia de Caperucita Roja, pero no me he aburrido y me lo he pasado bien.

Y es que los comentaristas tienen gran influencia en mi vida, cuando les leo. Como aquel anónimo entrañable que a mi contestación a Peces Barba escribió:
Padre, con este post le hacen obispo. A ver si es de la Seu y así de paso le convierten en mi príncipe.

Pues estuve todo el día esperando la llamada de nunciatura y al final, al acabar el día, me dije: voy a salir un rato a que al menos me de un poco el aire. Al día siguiente pensé: quizá es que estén de vacaciones.

Los comentaristas tienen, como veis, mucha influencia en mi vida. Otro comentarista me dijo que venga, que me animara. Yo le contesté: no, que está muy alto. Al final le hice caso, pero ésa es otra historia. Como la del perro Fru-frú.

jueves, agosto 21, 2008

El gigante de al lado es un ruso amigo mío, amigo desde hace más de un decenio


Hoy han venido a mi parroquia mis dos antiguas monaguillas de mi anterior parroquia. Las conocí por primera vez siendo unos capullitos, unos gusanitos, unos polluelos. Ahora ya son dos mozas a punto de entrar en la universidad.

Tras dos pizzas y un poco de chocolate nos hemos sentado, yo en mi sillón, ellas en sillas a cada lado mío, y nos hemos puesto a revisar una caja de fotografías. Ellas salían en media docena.

Unas fotos eran despachadas con celeridad, otras comentadas hasta en sus más pequeños detalles. La operación sentimental y revisora nos ha llevado una hora.

Componíamos un cuadro de lo más grato a la vista: el párroco y sus dos monaguillas comentando la mitad de una vida.

Cuando estas escenas tan bellas suceden, tan patriarcales, es que hemos dejado atrás la juventud. También lo he sabido cuando me han invitado a ir mañana a ver Wall-e y he sentido que hubiera preferido que me invitaran a ver una obra de la Nouvelle Vague o del Neorrealismo italiano. También he sabido que la juventud quedaba atrás, cuando me comía las pizzas pero pensaba que me sentiría menos culpable con una ensalada. Esos pensamientos son claramente post-meridiem.

Todo este blog está resultando un canto post meridiano al hecho de atravesar esa marca invisible que divide en dos nuestra vida.

miércoles, agosto 20, 2008

Padre Fortea en verano


Es tarde y estoy cansado, así que sólo os ofreceré algunas notas sueltas.

Ayer no puse un post nuevo. ¿La razón? Consideré que el post anterior era tan bueno, que me dije: que lo lean dos veces.

Bueno, hoy ha sido un día muy fructífero en mi labor escritora. Mi novela ya está recibiendo los toques finales. Después de tanto tiempo, creo que un par de años, ya estoy retocando los últimos capiteles y encerando los suelos.

Creo que esta novela sí que marcará definitivamente un antes y un después en mi vida como escritor. Aunque desde que se firma un contrato con una gran editorial suelen pasar dos años hasta que se publica.

Ayer acabé de leer la autobiografía de Ian Gibson. Me ha gustado, me haría ilusión conocerle.
Cuatro citas de Borges:
Hay comunistas que sostienen que ser anticomunista es ser fascista. Esto es tan incomprensible como decir que no ser católico es ser mormón.

Hay que tener cuidado al elegir a los enemigos porque uno termina pareciéndose a ellos.

He cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer... No he sido feliz.

He sospechado alguna vez que la única cosa sin misterio es la felicidad, porque se justifica por sí sola.

domingo, agosto 17, 2008

Versión eclesiástica del non possumus


Gregorio Peces Barba regresa al ataque, haciendo girar amenazadoramente en el aire la maza de la tolerancia. Y así, animoso él, nos vuelve a dar un sermón laico acerca de lo que la Iglesia puede hacer en democracia y de lo que no puede hacer. Yo ya notaba la falta de algún tipo de oráculo que nos pontificara como un Papa de la Constitucionalidad.

Para ello comienza de un modo muy original: echándonos en cara las muchas cosas malas que ha hecho la Iglesia, que es muy pero que muy mala.

Esto me encanta, para dejar claro qué es lo que la Conferencia Episcopal puede decir o no puede decir en un régimen aconfesional, lo mejor es lanzarle al rostro venerable o no de los obispos todo lo encontrado en los contenedores de la Historia, desde la muerte de Abel, pasando por los primogénitos de Egipto, las muertes en la toma de Jericó, las ranas del Nilo y así. Este hombre es la monda.

Después vuelve al presente deslumbrándonos con pensamientos como éste: La Iglesia reclama un derecho de veto frente al contrato social, a los acuerdos de las mayorías, y la idea de soberanía popular.

Honestamente, ni la Iglesia reclama un derecho de veto, ni ha negado que la sociedad se organice en base al acuerdo de la mayoría, ni niega la soberanía popular. Peces, Peces, Barba, ¡que no te enteras! ¡Qué llevas monologando mucho decenio ante imberbes! Que lo único que defendemos es nuestra libertad de expresión, el poder decir lo que nos venga en gana y hacer alguna que otra manifestación si nos dejan. Después la sociedad civil hará lo que quiera.

Si partimos del principio de que todas las leyes de los marxistas reformados son la libertad, y que cualquier disenso es la imposición de las mitras, pues claro, somos más malos que la quina y lo que habría que hacer es darnos un palo, que es lo que nos merecemos.

Que no, que nosotros somos tan demócratas como usted. Lo que pasa es que usted, don Gregorio, tiene la cabeza tan llena de NO-DOs, que para un cura joven del siglo XXI como yo su discurso resulta de otra época.

Pero ese anciano hijo de Robespierre ni corto ni perezoso continúa diciendo: Son los signos más evidentes del carácter antimoderno de la Iglesia católica que quisiera para sí lo que está institucionalizado en países como Irán, donde un poder religioso está por encima del poder de un presidente de la República elegido por sufragio.

Peces, a lo mejor eso es lo que querías que nosotros hubiéramos dicho, pero nunca lo hemos dicho. Con lo cual tus palabras no van con nosotros. Ni pedimos estar por encima del presidente del Estado, ni hemos matado a Kennedy, ni Rouco ha quemado a ningún albigense. Así que ahórrate ese tipo de soflamas, que no vamos a pedir perdón por haber dicho lo que no hemos dicho.

Aunque yo insistiría más en el tema de los albigenses. A los jóvenes con tanto Gran Hermano y ocho horas diarias de música en el i-pod ya les bailan las fechas y los conceptos. Así que si promueves una Ley de Memoria Histórica que llegue hasta el siglo XIII, es posible que aun veamos a Cañizares en chirona.

Pero como sabe que para lograr eso se requieren todavía muchos años de Informe Semanal y tres mil episodios de Cuéntame, el hombre se desfoga en El País que siempre cae a manos para aliviarse los ardores anticlericales. Y así este ancianito de otro tiempo nos dice iracundo: No sólo el Vaticano ni el Papa, también la Iglesia institucional española ha repetido en innumerables ocasiones que es depositaria de verdades que están por encima de las coyunturales mayorías y de la soberanía popular.

Esta frase del catedrático gruñón la firmaría ahora mismo. De hecho no sé si es un ataque o la ha copiado de mi último sermón dominical. Y mucho me temo que cualquier persona dotada de raciocinio, puede entender que si uno es un creyente, es lógico que piense así, de la forma que él critica.
Hasta un ateo puede llegar a la conclusión de que su abuela tenía más razón y más sentido común que una conyuntural mayoría. Y la Constitución protege el derecho a que ese ciudadano piense eso de su abuela, del Dalai Lama, del Libro de la Sabiduría Taoista, o de El Capital. Eso, señor Peces, se llama libertad, respeto a las ideas ajenas y tolerancia. Lo suyo, señor, es muy rancio, muy poco intelectual, pero no le evitará que rece un misterio del rosario por la salvación de su alma.

Pero frente a mis buenos sentimientos por él, Peces está embalado, no hay quien lo pare. Y embriagado prosigue: Desde esas coordenadas intelectuales antimodernas que desconfían del impulso social y político desde la idea un hombre un voto, se puede afirmar la difícil coexistencia y la más difícil lealtad de la Iglesia con la democracia.

Considero que sus palabras hablan por sí mismas. Para él, pensar distinto es ser antimoderno, no ser leal y nos advierte que va a ser muy difícil coexistir con nosotros. Qué raro, y yo que creía que si respetábamos las reglas del juego democrático todos podríamos coexistir en paz. Pues no, no padre, no señor. Aquí no hay lugar para el disenso religioso.

El catedrático continúa sacando su bilis, su mal humor, su intolerancia, cuando nos amenaza: Por eso está justificado desde el lado de la democracia, en la cultura jurídica y política moderna, poner límites a la soberbia pretensión de la Iglesia de tener la última palabra en el ámbito público y señalar las incompatibilidades radicales de su visión premoderna del mundo y de la vida, desde un non possumus laico y secularizado frente a los abusos eclesiásticos.

Ya no vale la pena añadir comentarios, quizá tan sólo el divertimento de incluir más perlas de Peces el Magnánimo: Frente a toda esa cultura institucional católica que niega la modernidad, es necesario ese non possumus, para señalar lo que desde la cultura democrática no se puede aceptar de las posturas de la Iglesia. Son todos aquellos comportamientos los que llevan a la conclusión de la incompatibilidad de la Iglesia con la democracia.

Ya me estaba empezando a barruntar que ésta y no otra iba a ser la conclusión. A ver si acabo fuera de la Ley, a ver si me acaban quitando el pasaporte. Peces, de momento, no me quita el pasaporte, pero acaba por advertirnos: Ante ese panorama no podemos asumir la idea de que la Iglesia es poseedora de un patrimonio de verdades últimas sobre el ser humano que condicionan la democracia.

Este señor dice no podemos asumir, pero de ahí hay un paso a no podemos permitir.
De hecho, a partir de ese momento, en su escrito ya no se reprime y afirma todo el rato: no podemos aceptar, no podemos permitir, no podemos facilitar, no podemos equiparar.

Podría haber hecho yo un análisis más en detalle del texto de Peces Barba desde el Derecho Constitucional, desde la Filosofía del Derecho. Pero no se lo merece. Sus palabras carecen de peso intelectual. Peces es un intolerante, es el pasado que nos ha traído redivivo el Gran Timonel Zapaterista con su cohorte de división, reavivación de odios y destrucción de consensos. Creímos que en la democracia había lugar para todos. Ahora ya sólo nos queda esperar la multiplicación de los Peces.

Los iconos del Mal


Iba hoy a contestarle a Peces Barba, pero lo haré mañana. Esta noche estoy inmerso en la contemplación del gran combate entre el Bien y el Mal: Darth Vader, espada en mano, contra el pobre y bueno de Luke Skywalker. Antena3 está emitiendo El retorno del Jedi. ¿Y quién puede perderse esta gesta épica?

¡Qué malo es el Emperador! ¡Qué oscuro Darth Vader! Infeliz, sólo ahora, al final, es cuando lo entiendes, le dice a Luke el malvado Emperador con ese tono sádico, con esa serena flema del que está habituado a hacer el mal.

El zumbido de las espadas, la música de John Williams de fondo, ah que bien me lo pasé la primera vez que vi esta película. Recuerdo que yo tenía pelo encima de mi cabeza, acné en la cara, me afeitaba por primera vez el bozo, leía Superlópez y Los Pitufos, y escuchaba la Trenka.

Para mí, nada simboliza mejor el mal que Darth Vader. Peces Barba a su lado parece un aprendiz.
Chavez hace méritos, pero la boina roja me desconcentra, me rompe el ambiente. Y si empieza a cantar, peor. ¿Pero es que alguien se imagina a Vader cantando?
Alguien debería decirle a Hugo que si quiere seguir el camino del reverso tenebroso, debería hacerlo pero con un poco de clase, con un poco de estilo. Esa versión tropical del villano está más en la linea de Joker o del Señor Pinguino.

viernes, agosto 15, 2008

Hágase el infierno sobre la tierra


Hoy después de la comida he acabado de leer un libro que me ha tenido absorbido. Durante tres días he estado deseando que llegaran los momentos de descanso para volver a él. Se trata de una novela (ya agotada) de Kessel, Manos Milagrosas, sobre el médico de Himmler. Yo ya conocía la existencia de este médico por una biografía que leí del jefe de las SS, pero nunca me imaginé que la vida de este finlandés que siempre rechazó el nazismo hubiera sido tan emocionante.

La vida de un médico que sabiendo que no podía salvar a todos, decidió permanecer en su puesto para salvar a algunos.

El libro ha sido la historia de alguien que sabía que podía hacer poco bien, pero que decide aceptar con humildad sus limitaciones y se mantiene en su puesto.

Otra cosa que el libro deja claro de un modo magistral, es la gran variedad de matices que había en un cuerpo tan maligno como el de las SS. El militar de cincuenta años que se considera a sí mismo ante todo un militar, y se siente deshonrado en su honor por las órdenes que sus subordinados están llevando a cabo. El amable secretario que realmente lo único en lo que está interesado es en las cosas de su despacho. El joven oficial ambicioso que está dispuesto a todo por seguir subiendo. El coronel que se siente herido en su orgullo porque un médico desafecto esté tan cerca del Reichsführer, mientras que él dejándose el alma no haya logrado ni la mitad de confianza de un jefe cuyo despacho sigue siendo inalcanzable ni siquiera para ser recibido.

En los círculos concéntricos que rodeaban a Himmler pululaban hombres carcomidos por la codicia del poder, hombres más instruidos que despreciaban esa ideología pero que miserablemente colaboraban, intrigas, delaciones, sospechas.

Una vez más compruebo cuantos matices, cuantos claroscuros, hubo en el infierno. Qué combinación de historias personales se dieron bajo las bóvedas del Abismo.

jueves, agosto 14, 2008

Castro (dictador) y Stone (director de cine)


Bueno, acabo diciendo que he visto a través de dos cenas y una comida el reportaje Comandante de Oliver Stone, un documental de hora y media sobre Fidel Castro. El Nixon de Stone es una de mis películas favoritas de toda la historia del cine.

El director acompañó durante tres días al dictador y le preguntó sobre todos los temas. Lamentable encontrar un personaje tan plano, sus respuestas denotaban poca inteligencia, muchas veces ni siquiera comprendía la profundidad de las preguntas de Stone. Ni por un momento Fidel manifestó el más mínimo arrepentimiento, la más mínima duda en cualquiera de sus posiciones. Ni siquiera mostró una mínima psicología interesante.

Sus respuestas eran de mitin, negar todo lo malo, negar hasta lo obvio, negar, negar, negar. Y dar unas respuestas de adolescente y sorprenderse de haber sido tan agudo. Lo que más le costaba a Fidel todo el rato era ocultar su propia autosatisfacción ante el despliegue de respuestas que estaba dando.

La parte que más memorable es cuando Fidel dice completamente en serio: sabe, lo que me pasa es que soy exagerado en la autocrítica.

miércoles, agosto 13, 2008

Estamos con Georgia



La muerte en Londres de Litvinienko, el asesinato de periodistas rusos, la apropiación de Gazprom, la persecución judicial de varios opositores… por supuesto Putin no tiene nada que ver en eso, sus manos están limpias, Putin es un hombre honrado.

Putin es el típico hombre honrado al que se le mueren los opositores. Es un hombre con suerte, rodeado de adversarios con mala suerte. Los opositores de Putin son hombres malos, por eso acaban en la cárcel. La muerte y la cárcel como círculos concéntricos rodean a este hombre honrado putinesco.

Hoy se ha presentado en su despacho con las manos manchadas con la sangre de sus hermanos, la sangre de los hijos de Adán, la sangre de los hijos de Dios. La guerra, la última proeza de este hombre con cara de canalla. Invadir un país independiente. Mutilados, muertos, llanto, destrucción. Todo por orgullo. Mi ego por encima de la vida de los demás.

Las manos de los asesinos masivos deberían chorrear sangre todos los días. Para que cada jornada se las tuvieran que lavar a sabiendas que al día siguiente, delante de todos, a lo largo de las horas, volverán a trasudar ese líquido precioso donde está el alma del hombre. Deberían tener que limpiarlas una y otra vez a sabiendas de que volverán a trasudar ese líquido manchando ropas, manteles, camas. Personas como él, tendrían que ir todo el día con un pañuelo en la mano, limpiándose cada cuarto de hora, cada media hora.

Miles de georgianos se han reunido hoy en la capital, orgullosos de su independencia, de su país. ¡Estamos con vosotros! No nos es diferente vuestro sufrimiento.

martes, agosto 12, 2008

Fortea y la memoria histórica


El pasado viernes llamé al obispado y le dije al arquitecto de la diócesis: ¿nos vamos al Palacio de El Pardo? Ni él ni yo somos franquistas, tampoco antifranquistas, somos demócratas al servicio de la Iglesia Católica.

Así que ni cortos ni perezosos cogimos el coche y nos dirigimos hacia lo que muchos luchadores por la democracia consideraron durante años la Estrella de la Muerte.

La visita turística no defraudó, nos enseñaron todo, desde el despacho al baño. Me daba la sensación de estar viviendo el NO-DO en color y tres dimensiones.

La fachada de El Pardo no entusiasma. La miras, la vuelves a mirar, y dices: no sé, algo no funciona.

Una vez que entramos dentro, me esperaba encontrar fríos pasillos de colores grises, salas ramplonas decoradas al estilo de los años 60. Nada más lejos de la realidad.

El palacio tiene integra toda la decoración de los monarcas del XVII y XVIII. Sus coloridos interiores son el prado más multicolor que he visto nunca. Visualmente ese horror vacui, ese estilo borbónico, esas formas redondeadas, tapizadas, era agobiante. Vivir allí me hubiera resultado opresivo. Nunca he visto tanto marco dorado como allí. Los borbones han hecho mucho daño a España, también en lo estético.

Pero el viaje casi me cuesta la vida. Durante el viaje el arquitecto tuvo reparos en una pequeña inocente maniobra de marcha atrás que le sugerí, y casi me mata en la maniobra más peligrosa de toda mi vida. Pensé ecclesiam construís et ecclesiasticum destruís?, pero no dije nada, me bastaba haber salvado la vida.

Morir camino de El Pardo hubiera sido un extraño epílogo que hubiera dado a muchas conjeturas descabelladas, aunque no exentas de una cierta belleza literaria.

lunes, agosto 11, 2008

Old Fort.


Esta foto es de mi viaje a Roma este verano. A mi izquierda, un sacerdote anglicano de York. A mi derecha, un sacerdote ortodoxo de Rusia. El de enmedio soy yo.
Bueno, me gustaría decir añadir algo más al post de ayer, que fue un post muy sentido. Me gustaría decir algo más sobre mi vejez, lo que espero que sea mi vejez, o cómo veo la etapa final de mi vida.
Pienso disfrutar de mi propio quebrantamiento físico, día a día, síntoma a síntoma. Contemplar mi propio desmoronamiento con la flema del observador ajeno que observa la gran obra de arte de la deconstrucción. Paladeando el proceso. Porque siempre me ha parecido que ese hundimiento lento, pausado, está lleno de poesía. Es la última gran lección de la vida, la última sinfonía que oímos, con sus propios tempos, con su propia armonía, un adagio grandioso.

Espero entrar en la muerte consciente. Si es posible, le pediré a mi médico no estar completamente abotargado por la anestesia, aunque ello suponga tener que sufrir dolores agudos en esos últimos momentos.

Sé que pensáis que no tengo ni idea de lo que estoy hablando. Pero he sido capellán de un inmenso hospital durante un año. He visto morir a muchas personas, he sido testigo de muchos tipos de agonías, de muchos tipos de sufrimientos. Y digo lo que digo desde la más perfecta consciencia.

Quiero reflexionar, meditar, amar y sufrir hasta el último instante en que sienta mi alma desprenderse de ese cuerpo atravesado por sondas, catéteres, llagas y dolor. Será un momento que habrá valido una vida. Quiero vivir el último segundo antes de la eternidad.

domingo, agosto 10, 2008

Sobre la vejez


No sé hablar italiano, absolutamente nada fuera de cuatro frases hechas:

-ah, la pizza
-Mamma mía, questo e il bambino!
-Arrivederci e buona sera.
-Le voi a fazer una proposizione que no vai a poder rechazare.

Por eso digo con toda precaución que me ha parecido entender en un reportaje sobre Pablo VI, que allí se decía que él le pedía al Señor que el día que se lo llevara, lo hiciera sin que se diera cuenta.

No seré yo quien critique los gustos pontificios, pero yo de siempre le pido justo lo contrario: me gustaría darme mucha cuenta, estar apercibido desde meses antes.

Escucharía más a Bach, leería más la Biblia, haría penitencia, dedicaría largas horas de oración ante el Santísimo Sacramento, arreglaría mis asuntos terrenos.

No perdería mucho tiempo en despedidas, o mejor dicho ninguno. Ya se enterarán.

No perdería, creo, mucho tiempo en acabar los libros que haya dejado a medias. Para mí la literatura siempre ha sido un ingrediente de mi vida, no un monumento funerario.

Y saborearía cada día como si fuera el último: el último paseo, el último helado, la última paella, la última vez que veo La Misión, la última vez que veo Blade Runner, las últimas páginas que escribo antes de despedirme de este mundo. Sin duda pensaré mucho qué es lo último que escribo. Aunque ahora me muriera, mi disco duro tiene obras mías para parar un tren. Las editoriales podrán seguir publicando años y años después de mi entierro.

Pero os aseguro que si me es posible -lo digo ya ahora, tantos años antes-, me gustaría irme despidiendo de la vida a través de este blog, post a post.
Pienso disfrutar de mi propio quebrantamiento físico, día a día, síntoma a síntoma. Contemplar mi propio desmoronamiento con la flema del observador ajeno que observa la gran obra de arte de la deconstrucción. Paladeando el proceso. Porque siempre me ha parecido que ese hundimiento lento, pausado, está lleno de poesía. Es la última gran lección de la vida, la última sinfonía que oímos, con sus propios tempos, con su propia armonía, un adagio grandioso.

sábado, agosto 09, 2008

De senectute, Marco Tulio Fortea


La quintaesencia del placer de escribir libros está en recibir comentarios de los lectores. Hoy una joven lectora universitaria de Paraguay me ha escrito un e-mail en el que me hacía partícipe de sus temores a envejecer:
no me gustaría estar enferma, tener dolores, depender de los demás para poder realizar algunas tareas, mucho menos el estar en cama,

Querida, digamos, Deborah:
No sé si moriré joven como un héroe romántico. Pero si llego a la ancianidad, me encantaría llegar a una vejez como la de esos que rompen records. Esos ancianos que se mueven a pasitos de cinco centímetros y miran con una mirada que parece que trasciende ya este mundo.
Pero antes de esa fase me gustaría pasar por la etapa de una especie de Sean Connery/Guillermo de Basquerville/Dr.Jones retirado.

Lo que sí que puedo decirte, estimada Deborah, es que no me importa llegar a ser un viejo enfermo, dolorido, que pasa mucho tiempo en su cama. Pienso disfrutar todo lo que pueda de recibir a la gente ligeramente incorporado en los almohadones de mi cama, quejarme de que me duele el lumbago, y en general todos los huesos. ¡Cierre la ventana!, ¿quiere matarme de un resfriado? Y contar batallitas al que venga a verme, contadas a un ritmo lento, mientras me vuelvo a poner el edredón hasta la parte superior del cuello y toco una campanilla para que me traigan un vaso de agua, que beberé con suma concentración. Pero no seré un viejo cascarrabias, sino un anciano agradable, sonriente y agradecido a todos.

Me gustaría pensar que mis mejores libros los escribiré en esa cama. Que mis páginas más inspiradas, las más luminosas, las más conmovedoras, saldrán de un cuerpo dolorido y frágil. Pero sé que en esa época me dedicaré todo el tiempo a leer, a rezar, o a ver la tele. Y entonces diré cerrando lentamente los ojos: ay que ver cómo está la tele.

Y después de la merienda, diré: voy a ver qué escribo en el post de hoy. Las ciruelas han hecho su efecto, duermo catorce horas al día, mi médico es un estirado poco amable.

Espero que vuestros nietos me lean con la misma compasión que vosotros. Claro que siempre habrá comentaristas no del todo favorables, no del todo cordiales.

viernes, agosto 08, 2008

Algunas consideraciones sobre la parroquia de Entrevías


Dado que el conflicto con la parroquia de Entrevías ha desaparecido de los medios de comunicación, y las cosas ya se ven con distancia y serenidad, me gustaría hacer algunas consideraciones más profundas sobre el tema.

La lucha entre los dos curas rebeldes y la curia, no fue tal lucha. Sino que fue el intento de entendimiento de la jerarquía con unos curas que no tenían nada que dialogar y que sólo ofrecían una postura: o lo toman o lo dejan.

El Arzobispado de Madrid intentó por todos los medios llegar a un acuerdo, a algún tipo de entendimiento. Pero los curas rebeldes sólo ofrecieron este trato: o nos dejan hacer en su parroquia (la de la Iglesia Católica) lo que nos de la gana o les vamos a hacer todo el daño que podamos.

Esta supuesta opresión se presentó como la lucha entre el progresismo y el tradicionalismo. Pero no era así.

Ellos rompieron algo sacrosanto desde el mismo comienzo de los primeros cristianos: la comunión.

Ellos impusieron su fe, su liturgia y su moral, frente a la fe, la liturgia y la moral de la Iglesia.

Pudieron haber luchado por un sano progresismo dentro de la Iglesia, pero optaron por defender un radicalismo experimental de los años 70. La Iglesia entera ya está de vuelta de ese experimento desde hace decenios.

Presentaron su lucha como la lucha por los pobres. La Iglesia nunca les llamó al orden por ayudar a los pobres.

Es oficio del obispo mantener el orden eclesial. Y eso vale para los lefevrianos, los iluminados, los exaltados, los visionarios y las visiones más inaceptables acerca del mensaje de Cristo.

La Madre Teresa de Calcuta hubiera repudiado sin vacilaciones a estos defensores de los pobres. El mismo Primado Anglicano (nada conservador) hubiera rechazado algo así. Ésta no era la guerra de Jesús, sino la suya propia.

El gran error de esos dos curas fue decir: progresismo sí, pero Tradición no. Era la visión de un cristianismo excluyente. En la Iglesia no es que tenga que haber lugar para mucha libertad, sino que debe haber lugar para toda la libertad posible. Pero ellos eran dictadores en miniatura. Ellos personificaban la disolución del mensaje de Cristo en pro de una mera acción social. Ellos rasgaron el Evangelio de Jesús para quedarse únicamente con las partes que les gustaban.
Esos dos curas no son el futuro, sino el pasado.

jueves, agosto 07, 2008

Dichoso blog que tantas alegrías me has traido



El lunes me ocurrió una de esas cosas que te llegan al corazón. Una llamada que me dejó boquiabierto. El día anterior en mi post titulado La Iglesia en la que creo yo
había escrito en un párrafo lo siguiente:

Creo en la Iglesia que habla latín, en la que habló siriaco y la de un loco esquizofrénico al que no se le entiende, pero que también es parte de la Iglesia. La Iglesia también es ese loco.

Reconozco que ese post estuvo inspirado. Que es uno de los que más satisfecho me siento, de todos los que he escrito nunca. Pues bien, desde Barcelona me llamó un joven de mi edad al que le había gustado mucho ese post. Y añadió: soy esquizofrénico y me ha encantado, siento que la Iglesia también es mía.

No hace falta decir que en ese momento y en la conversación que siguió, sentí verdadera emoción. El blog sólo me ha producido que alegrías desde que lo empecé. Gracias a él, esta semana he concelebrado con un sacerdote lector del blog que vino a mi parroquia, gracias a él he comido con lectores asiduos, he ido al cine con ellos, he paseado por Madrid.

También uno se sorprende de la cantidad de odio que tienen algunos comentaristas como para sentirse en la obligación de manifestarte su enemistad de forma diaria. ¿Cómo puede ser eso? Un verdadero misterio de la psicología humana.
Es como si el mundo del blog tuviera sus propios infiernos.

miércoles, agosto 06, 2008

El mundo antes de Internet II


Si Matrix se hubiera estrenado en 1980 casi todas sus referencias hubieran resultado incomprensibles. Pero los jóvenes de ahora tampoco captan que muchas obras literarias e intelectuales de entonces se escribieron para un mundo en el que no hacía falta explicar aquello que todo el mundo ilustrado sabía, pero que ahora ya no puede darse por supuesto.

Los que estudiábamos el bachillerato sabíamos a la perfección la historia de Grecia y Roma, conocíamos todas las magistraturas romanas, todas las guerras de Esparta, me sabía de memoria el comienzo del famoso discurso Quousque tándem abutere Catilina patientia nostra. Ese mundo para mí era familiar, recorrido infinidad de veces.
Y, sin embargo, del siglo XIX de la historia de España sabía muy poco. Y si entrábamos en el XX, sobre todo a partir del 36, entonces sí que no sabía nada de nada. Todo era niebla y oscuridad. En realidad ni siquiera era niebla y oscuridad, porque como nunca se hablaba de ello, nunca me pregunté qué pasó en esos años. Esos años no me planteaban ninguna pregunta, porque no tenía noticia alguna de que hubieran existido.

Curiosa paradoja. El mundo de la luz clásica era para nosotros un mundo real, cercano, una continua referencia. Mientras que la historia reciente era un agujero, algo de lo que no se hablaba.

Es una de las curiosas paradojas, hay más que poblaban nuestro mundo tranquilo. Un mundo en el que encendías la televisión y jamás esperabas que sucediera algo así como el 11S o la Guerra de Irak. Es cierto que en esa época también había guerras y atentados, pero todo era tan lejano. Se tenía la sensación de que todos aquellos desastres jamás podrían ocurrir en La Comarca de los hobbits. Los desastres como el de El Coloso en llamas o El Desastre del Poseidón, eran cosas que pasaban en mundo paralelos, no el mundo real que en su 90% era La Comarca.

No miro esos años con ninguna nostalgia, prefiero vivir en el presente, o mejor en el futuro. Me limito solamente a constatar que hubo una época en que los tomates olían a tomate y sabían a tomate, en que los melocotones eran otra cosa, y en que entrar en una frutería era entrar en una sinfonía de fragancias. Como no había Play Station, de verdad que éramos felices en verano jugando con la botella de Mistol rellena de agua, porque para mí era un rayo láser recargable con el que hacía caer a hordas enteras de soldados del futuro (época de Flash Gordon) y con el que ocasionalmente mojaba a mis primas.

martes, agosto 05, 2008

El mundo antes de Internet

Hoy me ha dado por recordar cómo era mi Barbastro natal. Estas cosas suceden mucho en las inmediaciones de los cuarenta. Los jóvenes de dieciocho años no se imaginan hasta qué punto era diferente el mundo antes de Internet y antes del teléfono móvil. Fue hace tan poco y parece que fue hace tanto. Nacimos en un mundo que no estaba ni digitalizado, ni globalizado.

Los jóvenes de ahora no se hacen una idea de hasta qué punto la educación de un adolescente de aquella época en una pequeña ciudad de provincias, estaba basada en la cultura clásica y en los valores tradicionales.

Hay una vieja enciclopedia que varias veces he pensado en donar porque me ocupa mucho espacio, es mi vieja enciclopedia Larousse. Diez tomos gruesos, pesados, alfabéticos. Una gran enciclopedia de su época. Fue mi Internet de mi infancia. Cuando me aburría navegaba por ella. Me conocía todos sus innumerables dibujos, efigies y fotos. Unas veces leía sobre los mitos germanos, otras sobre Metrópolis de Lang, otras veía pinturas rusas, otras la evolución del sillón a través de la historia. Hoy día resulta inútil, como un gran fósil. Pero le tengo cariño, me recuerda mi pasado.

lunes, agosto 04, 2008

¿En qué Iglesia creo yo?


Creo en la Iglesia que es una santa, católica y apostólica. Creo en la Iglesia de las viejecitas enlutadas que rezan el rosario en una esquina de la iglesia, y creo en la Iglesia de las comunidades africanas que danzan y danzan y cantan a pleno pulmón y dan palmadas y mueven los brazos levantados.

Creo en la Iglesia del órgano y el incienso, y en la Iglesia de la guitarra y del predicador un poco exaltado. Creo en la Iglesia de la que forma parte el cura de pelo largo, pero de la que también forma parte el monje tonsurado.

Creo en la Iglesia de la Congregación para la Doctrina de la Fe, creo en la Iglesia de Rouco Varela, en la del padre Emiliano Tardiff, en la de los obispos corruptos de la Edad Media, en la de los patriarcas venerables del siglo III y en la de los Padres del Desierto.

Creo en la Iglesia que condenó a Galileo y en la de las catacumbas. Creo en la Iglesia triunfante medieval y en la Iglesia perseguida en China.

Creo en la Iglesia que habla latín, en la que habló siriaco y la de un loco esquizofrénico al que no se le entiende, pero que también es parte de la Iglesia. La Iglesia también es ese loco. Beda el Venerable y el pobre paranoico que cree que le persiguen son parte de esa misma barca. La Iglesia también es una Iglesia de deficientes mentales y de madres solteras. La Barca de Cristo no pertenece más a los intelectuales que a ellos. Todos son parte y no pertenece a nadie, salvo a Aquél que dictó las reglas. Sólo Él dice mi Iglesia en un sentido distinto del que yo digo mi Iglesia.

Creo en una Iglesia que me pide que no coma carne los viernes, y en una Iglesia con un Papa tan poco fotogénico como el actual.

Creo en la Iglesia de los monseñores con fajín que piensan en ascender y en la de la viuda de la India que pone un billete para el óbolo de San Pedro.

También creo en la misma Iglesia en la que cree una viuda católica india que es muy mala y lenguaraz, y en la que cree el joven monseñor que sirve al Creador con puro corazón, enamorado de Dios.

Creo en la Iglesia de los archiveros e historiadores, y en la de las niñas vestidas de blanco de la primera comunión.

Creo en la Iglesia del Vaticano y en la de mi abuelo marchante de mulas, porque ambas son la misma Iglesia.

Creo en la Iglesia de La Misión y en la de Un hombre para la eternidad.

Creo en una Iglesia que me predica una verdad absoluta, creo en la Iglesia del Denzinger, y en una Iglesia cuyo Papa abraza al patriarca ortodoxo y ora con el primado anglicano y reconoce que al Cielo puede ir gente muy rara.

No creo en la Inquisición, no creo en los curas pederastas, no creo en hombres ambiciosos y mundanos que ocupan puestos en la Iglesia que deberían ser para los discípulos de Jesús. No creo en los hombres que se creen iluminados. No creo en los que tienen una idea torcida de lo que es la posesión de la verdad. No creo en seres humanos que se creen semidioses. No creo en hombres que creen estar por encima de otros hombres por el hecho de saber mucha teología o de tener cargos. No creo en hacer sufrir bajo el pretexto de que hay una buena razón para ello. No creo en no hacer el bien so capa de una visión de conjunto superior. No creo en una Iglesia que predica que todo da lo mismo. No creo en una Iglesia que predica un mensaje vago y etéreo, y no una verdad concreta. Creo en la Iglesia pero no gracias a los horribles carteles parroquiales de las Obras Misionales Pontificias, ni gracias a los fríos sermones filosóficos con que algunos nos castigan. No creo en la Iglesia por el gran esfuerzo que han hecho algunos en parecer modernos y tolerantes. Tampoco creo en el tradicionalismo que me parece una nueva forma de fariseísmo cristiano. Pero tampoco creo en una Iglesia de los pobres, porque la Iglesia no es de nadie: ni de los pobres, ni de los tradicionalistas, ni de los canonistas. La Iglesia es de Dios.

Yo creo en la Iglesia real formada por pecadores y justos. No creo en un ideal, sino en un rebaño concreto vivificado por el mensaje y la sangre de Jesús hijo de María.

Creo y obedezco, cuando me gusta y cuando no me gusta. Creo e inclino mi cabeza, incluso cuando no lo entiendo y digo: Señor, no lo comprendo, pero me someto, someto mi voluntad.

Creo que los Apóstoles dejaron unos sucesores, a los cuales me someto. Creo que la Iglesia tiene una cabeza en la Sede de Pedro, a la que me someto. Aunque me parezca, insisto, la cabeza menos fotogénica en muchos decenios.

Amén, amén, amén.

sábado, agosto 02, 2008

Y Dios creó a Gandhi para darnos pequeña lección a los católicos


Me puedo imaginar a Bach preguntándose por qué otros eran los que en su época recibían el aplauso, la fama y el dinero, mientras él era considerado pasado de moda. También me imagino a él encontrando la inevitable respuesta: su obra, su música era el galardón de Dios, dado por Él mismo. Los otros premios eran irrelevantes.

Otros recibían el aplauso de su generación, él recibía el aplauso de Dios. Cualquier otro aplauso menor hubiera resultado una especie de eco, algo así como una percusión disonante junto la ovación incontestable. Bach tenía que escuchar en toda su pureza ese aplauso único.

Otros compositores tratarían de escribir su música a la mayor gloria de Dios. Buena intención, buena voluntad, a veces sólo eso. Mientras que el Creador había hecho a Bach para su propia mayor gloria.

Otros harían música para Dios. Dios había hecho a Bach para sí.

Eso es lo incontestable de Bach, que Dios hizo brotar una música ante la cual todas las demás callaron. Óperas, obras bufas, partituras graciosas, movimientos con grandes orquestaciones, estrofas efectistas… todas las músicas se arrodillaron, conscientes de que estaban escuchando la gloria de Dios hecha música. De que aquellas armonías salidas de la mano de un pobre músico provinciano pluriempleado eran algo cualitativamente superior a lo que habían escuchado los siglos.

Emile Cioran es sus Conversaciones dijo: Bach es la única cosa que te da la impresión de que el universo no es un fracaso. Todo en él es profundo, real, sin teatro. Después de Bach, Liszt resulta insoportable. Bach da un sentido a la religión. Bach compromete la idea de la nada en el otro mundo. Sin Bach, yo sería un nihilista absoluto.

Y lo mismo que sucede con el arte, sucede con la política. Gandhi es el Bach de la política. Un ejemplo de cómo el Poder puede ser guiado por el espíritu. De cómo un solo hombre puede evitar dos guerras: la de independencia y la de Pakistán. De cómo un hindú enseñó a toda la humanidad otro modo de hacer política.

Gandhi podría ser nombrado el patrono de los políticos católicos. Fue un ejemplo de cómo lograr el poder a base de honestidad y bondad. Él no necesitaba estudiar qué iba a decir, ni qué imagen dar, ni contentar a las estadísticas. A ninguno de sus oponentes políticos se les pasó por la cabeza que de su boca no saliera otra cosa que la verdad. A ninguno de sus oponentes se les pasaba por alto que estaban frente a un gran hombre. Era muy difícil enfrentarse a él, porque era el bien puro: en él no había ambición, ni corrupción, ni intenciones torcidas, ni falsedad.

Si yo fuera Papa sería el primer sucesor de Pedro en canonizar a un hindú y a un protestante. Pero no tengo la menor duda de que las estatuas de Gandhi y de Bach honrarían el Vaticano. Sin duda también la estatua de Borges no sólo no desdeciría del lugar, sino que sería un ornato de él. Porque Dios es Dios de los agnósticos.

¿Será demasiado afirmar que Yahveh es Dios, y Borges su profeta?
¿Sería demasiado imaginar una ceremonia de canonización de Gandhi con Bach dirigiendo al coro, y Borges vivo leyendo un texto compuesto para la ocasión?

Y Dios entregó su arte un agnóstico a su mayor gloria


Hoy he escuchado una conferencia grabada de Borges. Su grandeza era casi tan grande como su humildad. El gran escritor tenía una humildad desbordante, incontestable. Nunca se las dio de humilde, sencillamente era imposible verle y no darse cuenta de la sencilla consideración que tenía de sí mismo.

No he podido evitar el recordar que no le dieron el Nobel. Creyeron que así le castigaban por algunas de sus ideas políticas, en realidad se castigaron a sí mismos, castigaron al premio. No darle el Nobel era dañar el nombre del premio.

Qué impresionante llegar a esa altura, en la que ningún premio te puede añadir nada. Esa altura tal a la que si no se le da el premio, es el galardón el que queda dañado. Eso lo logran muy pocos. Hace falta un arte tan sincero, un trabajo tan ajeno al sentir de los otros, una grandeza de ánimo tal, que muy pocos han llegado a esas cumbres: Borges… Bach…

Escucho ahora la quinta versión de la suite nº 1 de cello… lo tremendo es saber que Juan Sebastián era consciente de la música que estaba brotando de sus dedos al escribirla. Y aun así se levantó para dar clase a niños, para ensayar con una pequeña orquesta, para perder su tiempo en mil ocupaciones necesarias para seguir viviendo.
(...)

viernes, agosto 01, 2008

Bajo el cielo azul de un atardecer de julio



Una de las cosas que menos uso de mis parroquias es el despacho. En realidad, sólo lo uso los días de lluvia. Siempre que alguien viene para hablar conmigo, le digo: ¿damos un paseo?

Es tan agradable hablar paseando bien por la avenida arbolada de mi anterior parroquia, bien por la colina que sube a la montaña de mi actual parroquia.

La conversación adquiere un tono completamente distinto en la naturaleza, bajo el techo del cielo, que dentro de una habitación con una mesa por medio.

En mi actual parroquia, una iglesia del siglo XVII, me alegra el no tener despacho en absoluto. Cuando me enseñaron la iglesia por primera vez, pensé en mi interior: qué bien, no tiene despacho. La estrecha sacristía parece una mazmorra de la Torre de Londres. Es más, parece una mazmorra tétrica.

Hoy han venido dos parejas a hacer el expediente matrimonial. Casualmente me había venido a visitar un cura andaluz lector del blog. Le he dicho: vamos a los bancos del parque y hagamos los expedientes.

El parque con los novios y el cura, y el perro jugando con un bebé de uno de los testigos, ofrecía una estampa idílica.

Es curioso, alguien como yo que hago toda la vida que puedo al aire libre, que me encanta vivir bajo el techo del claro cielo castellano, cuando entro en una iglesia lo que menos me gusta es un exceso de luz. Cuando entro en un templo, me gusta encontrarme con un ambiente de recogida penumbra, con un ámbito mistérico, recogido, a la luz de las velas.

Aunque, incluso en verano, enciendo las luces de la parte de atrás, las inferiores del sobrecoro. Porque no importa lo iluminada y clara que esté la iglesia, siempre hay tres o cuatro viejecitas con bastón que con su paso cortito y vacilante se van por la parte más oscura, la más peligrosa, la de menos visibilidad, esa que ofrece una docena de trampas para sus pies ancianos.

La luz siempre tiene que estar encendida en ese apartado rincón, si no diera la luz y algún día se cayera alguna, la culpa la tendría el cura.

Y eso que nada más entrar en la iglesia, hay una trampa mortal para los que vienen de fuera. Un desnivel de la tarima muy difícil de ver tras el portón. Pero los del pueblo ya se lo saben y nadie tropieza, absolutamente nadie. Y menos esas viejecitas encorvadas de gruesas gafas. Los de fuera caen todos. Se sabe quien no es del pueblo, viendo quien tropieza y quien no.