jueves, abril 02, 2009

Cara de frío, sí, de mucho frío. Frío real, no teológico.

La apacible vida de un clérigo. Fragmentos deslabazados:

Hoy he soñado que mi madre cogía el mando a distancia de la televisión, y que trasteando con sus botones lograba que no se vieran los canales, que se movieran estos de su sitio y que se descodificara todo lo descodificable. En el sueño, yo agarraba un enfado de los que hacen historia. Incluso golpeaba varias veces con el puño una gran mesa redonda que teníamos en Barbastro. La mesa estaba en Barbastro, mi madre en Zaragoza y yo en Alcalá, pero el sueño todo lo unía.

A la hora del almuerzo, me he hecho un trocito de salmón con dos tipos de setas, hierbas y roquefort. La vida está hecha de pequeños placeres. No soy un exhibicionista de mi vida espiritual. Pero sí que puedo llegar a serlo de estas pequeñas alegrías de la vida.

Por la tarde escuché la formidable banda sonora de Endelman: El inglés que subió una colina y bajó una montaña. ¡Qué música tan sonora, tan radiante de optimismo! Las flautas de esta partitura notable nos llevan a Gales con sus sones rotundos. He disfrutado mucho, de verdad, con esta música.

Por la noche he hablado con una amistad por teléfono: mañana visitaré el Museo Naval de Madrid. La semana pasada vimos la mitad del museo, da para dos visitas. Nunca pensé que podía disfrutar tanto viendo cuadros y maquetas de goletas y galeones. Pero la vida nos sorprende.

Hoy me acostaré y me dormiré pronto, porque mi conciencia en nada me remuerde. Os fastidiaís, pero no me remuerde de nada.


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