martes, abril 28, 2009

Me estoy volviendo viejo, lo noto.


Me voy haciendo viejo, lo noto. Lo del colesterol ha sido ya el golpe de gracia a mi juventud, a la alegre inconsciencia de la juventud. Esa vitalidad que despreciaba los avisos de que el chorizo era malo, de que la bollería era mala, de que mucha pizza y mucho kebab, eran malos. ¿Cómo iban a ser malos si estaban tan buenos?

Lo que más me apena es que yo me arreglaba muy bien con las bolsas de gambas congeladas, bolsas de tres kilos. Pero no, las gambas y la sepia y los calamares, también han sido expulsados de mi pequeño paraíso gastronómico. Ahora sólo me quedan los mariscos de concha. Y ya veremos si hacen algún estudio posterior, de esos que hacen las universidades del quinto pino, y me quitan también las almejas.

Pero mi médico me ha dejado las zanahorias, los pepinos, las coles de Bruselas, las escarolas, las manzanas y otras muchas fabulosas viandas por el estilo. Tubérculos puedo comer los que quiera. Espinacas, sin límite. Brócoli, sin límite. Avena, toda la que quiera.

Si esto sigue así me voy a volver un adicto a las sopas de avena. ¡Viva la avena! Sí, no llores por mí Argentina.
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