martes, mayo 19, 2009

Dando un ingenuo paseo por el campo este domingo


Ayer hablé del doctorado honoris causa de Obama. Un doctorado de ese tipo es un trozo de papel acompañado por un cierto número de aplausos.

Los aplausos no deben movernos a engaño. He estado en muchos auditorios, reducidos y numerosos, y he comprobado que la masa tiende a aplaudir cada vez que todos aplauden.

Si todos aplauden a rabiar, tú sientes un impulso inconsciente a aplaudir. Si todos saltan, tú sientes el impulso de saltar. Si todos usan gafas de pasta, sientes el impulso de usar gafas de pasta.

Por eso Obama haría bien en no fiarse. Mañana aplaudirán a otro. A otro que quizá diga lo contrario que él. Incluso aplaudirán al que diga que Obama era malo. Probablemente la masa volvería a aplaudir a que diga que Obama era malo, y que también era malo el que decía Obama era malo. Y aplaudirán a los tres con el mismo entusiasmo, con las mismas lágrimas en los ojos.

La gente es así. Es así, por lo menos, desde el Paleolítico. Por eso esto de los papeles con aplausos hay que tomárselo con un poco de escepticismo. A mí, siempre que me van a dar un homenaje, pregunto si hay cena. Por lo menos hoy ceno, pienso.

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