martes, mayo 26, 2009

El inglés que subió una colina y bajó una montaña


Considero uno de los mayores placeres de la vida pasear por un bosque frondoso y húmedo, con frío, y detenerse en él a almorzar con tranquilidad. Si a eso añadimos una buena comida y una agradabilísima compañía, entonces uno se pregunta: ¿qué más necesito en la vida?

El bosque es una verdadera imagen de Dios: alto, tan grande que requiere mucho tiempo sólo subir una parte, tiene vida en sus laderas, mucha vida, inconmovible con sus peñascos grandiosos, con nieve en lo alto, blanca nieve símbolo de la pureza, con nubes que cubren su cima, con arroyos que surgen de sus lados.

Caminar meditativamente por una montaña es un tipo de oración, buena para el alma, buena para el cuerpo. Descansa la mente, se refuerza la amistad, se bromea, se explora, se rezan las horas canónicas en ese caminar.

Incluso nos ocurrió un hecho milagroso. Como si Dios quisiera acompañarnos en nuestra excursión. Como si el Dios creador de la montaña quisiera decirnos: estoy aquí.

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