sábado, mayo 30, 2009

Qué bonito es Pentecostés

Esta noche he ido a la vigilia de Pentecostés en la catedral. Me gusta mucho la oración personal, silenciosa, a solas en una iglesia o una capilla. Pero la festividad de Pentecostés requiere esperar al Espíritu Santo reunidos, invocándole todos juntos.

Me gustan mucho las misas, pero esta festividad requería una liturgia cuyo centro fuera el Espíritu Santo. Por eso la celebración de esta noche ha sido perfecta. La catedral era como un resumen de toda la Iglesia, también un recuerdo del cenáculo apostólico.

Antes de empezar la liturgia, he leído la narración que María Valtorta (una mística) hizo de la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles.

Durante la liturgia, le he pedido muchas veces al Paráclito que viniera a mí. No le he pedido nada concreto, sólo que viniera. Realmente no tengo nada que pedirle material. Aunque ahora que lo pienso sí que le pido dos cosas desde hace algún tiempo. Pero bueno, dos tonterías sin importancia. Aunque tampoco son, digamos, tonterías-caprichos míos, no. Tienen su enjundia y su razón de ser pedidas.

Todos los seres humanos tenemos alguna tontería que pedir. Y si os digo la verdad, Dios es un padre que nos consiente. Porque normalmente las tonterías que le he pedido en el pasado, me las ha concedido. Como si fuera un padre bondadoso que le gusta regalar caprichos los domingos.

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