sábado, junio 20, 2009

Qué bonitas son las concelebraciones

Qué bonita ha sido la misa con el obispo y otros sacerdotes en la catedral, para abrir el año sacerdotal. Cuando veía al obispo arrodillado ante el altar y a nosotros, ocho sacerdotes, me imaginaba allí a Jesús rodeado de sus doce Apóstoles, que éramos nosotros. El mismo Jesús y otros apóstoles.

Durante esta ceremonia, no dejaba de pensar lo bonito que era todo. Todas las casullas blancas, las albas y dalmáticas que rodeaban el vetusto y venerable altar, daban un aspecto de Cielo a esa liturgia.

Hasta los ateos, si hubieran presenciado esta eucaristía, deberían haber pensado: qué gran cosa es ser sacerdote si el Evangelio es cierto. Porque el sacerdote es el portador de unos poderes verdaderamente supraterrenos, es el administrador de una fuerza espiritual que se distribuye en forma de siete dones. El sacerdote es el custodio legítimo de las palabras de Nuestro Señor. Los demás harán novelas, películas o ensayos sensacionalistas acerca de lo que creen que Jesús dijo o pensó. Los presbíteros, los sacerdotes en comunión con los auténticos sucesores de los Apóstoles, no hablamos de otra cosa más que de lo que hemos recibido.

Ser sacerdote es dedicarse a hacer el bien, especialmente en la parte más noble del ser humano. Es trabajar para aquello que no será polvo. Ser sacerdote es tener un rebaño, cuidarlo, mimarlo, buscar a las ovejas perdidas.

Los sacerdotes deberíamos ser ángeles repartidos por el mundo, torres de fortaleza, órganos que tocaran una música celeste, luces que resplandeciéramos con un brillo más allá de lo material.

Que Jesús cada día, en nuestra oración, nos enseñe qué quiere de nosotros.

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