lunes, julio 20, 2009

Análisis eclesial de la rotura de la muñeca del Papa II

Afortunadamente no pasó nada, todo quedó en un susto, en un grito en alemán a su secretario. Pero el Vaticano por ahorrarse el módico precio de una alfombrilla antideslizante, hubiera tenido que pagar el pasaje de 150 cardenales y 150 secretarios, más su alojamiento, comidas, electricidad, agua, gas, refrescos, cuartillas de papel, moqueta para la Sixtina y un largo etc hasta llegar a la paja de la estufa donde se queman las papeletas.

Desde luego es mucho más estético morir con las botas puestas o en un cadalso parisino o ante un pelotón masónico-mexicano, que no que a uno lo encuentren en la ducha apretando todavía la pastilla de jabón en la mano.

En las películas, cuando esto sucede el director se deleita en mostrar como el sujeto se agarra con todas sus fuerzas a la cortinilla, y una a una todas las anillas se van rompiendo. Incluso el click de cada anilla al romperse suena un poco más alto y más dramático que en condiciones normales. Después la cortina cae sobre el cadáver de un modo muy adecuado, mientras la cámara se aleja hacia lo alto mostrándonos una perspectiva más lamentable del suceso, más aérea, como si el techo de un aseo normal no se limitara a los tres metros veinte centímetros. La música en estos momentos siempre es de violines.

Su muerte entre el agua y el jabón, hubiera sido recreada en no menos de ocho versiones cinematográficas. Espuma, silencio, inmovilidad, si sigue cayendo el agua de lo alto siempre es más dramático. Dan Brown hubiera escrito no menos de diez novelas sobre el episodio. Detrás del resbalón hubiera puesto a los templarios, a los illuminati, a los del neo-KGB y hasta a los zapateristas del ala político-militar.

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