viernes, julio 17, 2009

Cuánto bien me hacen


Uno de los secretos mejor guardados de este blog es que si me voy a un monasterio (cosa que este curso he hecho varias veces) o de viaje, el blog sigue produciendo posts de forma continua.

No lo hace solo, lo programo.

Nada he dicho de mi encantadora estancia, en realidad cinco días completos en dos viajes, en el monasterio de El Parral. Ni una palabra he escrito de su estanque de carpas naranjas, de su estanque en el que dos grandes peces van juntos siguiéndose entre los otros más pequeños. Los dos peces grandes son regalo de una niña que los tiró allí cuando aún eran pequeños.
Nada he dicho de los cisnes que nadan en otra parte del monasterio. Cisnes que no se dejan acariciar, pero que me miran tan curiosos como yo a ellos. Sí que os cuento que un claustro al anochecer, resulta el lugar más terrorífico del mundo: rodeado de un gran monasterio desierto, silencioso. Los monjes se han retirado a sus celdas antes de que anochezca, y yo paseando solo voy comprobando cómo se va volviendo más oscuro, cómo las sombras se alargan. La fuente cubierta de musgo en uno de sus muchos claustros menores sigue manando agua aunque nadie la escuche.

El coro de El Parral donde rezamos las horas canónicas, tiene unos sitiales con unos reposabrazos cuyas aristas rectilíneas de madera se me clavan en los antebrazos. El desayuno es paupérrimo en su variedad y perfecto para perder peso. El padre hospedero atiende a todos con alegría y buen humor, me enseña la biblioteca, paseamos, me lleva al sobrecoro de la iglesia. Siempre he sentido predilección por los monasterios.
Sé que no es mi vocación, pero cuánto bien me hacen.

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