lunes, julio 06, 2009

El caos, los obispos, las embajadas y Molotov.


Después de varios posts hablando de los dictadores emergentes, de los consolidados y de los futuros, y -no lo olvidemos- del dictador que pudo ser y no fue, ahora viene la pregunta: ¿y la Iglesia qué?

¿Debe la Iglesia intervenir? ¿Debe saltar a la calle? ¿Debe ponerse detrás de la pancarta?

La postura de la Iglesia es la de los ideales y la de la virtud de la prudencia. Debemos hacer como San Juan Bautista, pero también como San Pablo. San Juan Bautista dijo las cosas con claridad como un profeta, San Pablo pide por los gobernantes (en aquel caso un monstruo neroniano) como un prudente obispo.

¿Debería Pablo haber escrito una carta al estilo de la Carta a los Hebreos, sobre el poder donde hubiera dicho todo lo que pensaba del amable sucesor de Calígula y Claudio y su amable régimen? San Pablo optó por dedicarse a las cosas del espíritu.
La Iglesia, desde entonces, hace lo uno y lo otro, porque debe hacer lo uno y lo otro. Unas veces clama, otras firma un concordato. Unas veces va a la cárcel, otras va a un cóctel en la embajada del dictador de Murrusmulandia. Ni los unos son unos traidores, ni los otros son unos locos energúmenos que se meten en política. La Iglesia hace lo uno y lo otro y, a veces, al mismo tiempo.

Son ellos, los obispos y los profetas, los que ante Dios, haciendo oración y ayuno, deben ver qué les pide Dios en su corazón. Darán cuentas ante Dios. Pero deben defender la pervivencia de la Iglesia, al mismo tiempo que ofrecer una luz al mundo aunque hiera los entenebrecidos ojos del dictador. Lo uno y lo otro. Aunque el diciochoñero en su casa crea que todo se arregla a golpe de barricada, lo cierto es que nuestra religión no nos prohibe ser astutos. Cuando uno tiene dieciocho años cree que todo se arregla a golpe de molotov. ¿Pero qué sería del mundo sin los cócteles de embajada? Un caos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario