martes, julio 07, 2009

Más sobre nunciaturas.


La Iglesia lleva dos mil años en el mundo. Y esperamos quedarnos otros dos mil, a no ser que Dios disponga otra cosa.

Los hippies, los melenudos, los antisistema, creen que todo se puede resolver a base reunirse a millares y lanzar ladrillazos a los escaparates de la Calle Serrano. (Los hippies pueden ser muy agresivos.) Pero la verdad es que las cosas funcionan de otro modo, como descubrirán en la crisis de los cuarenta, ya gordos y calvos.

La diplomacia, las conversaciones en los pasillos, las reuniones sociales que acaban en una cena, son el aceite que suaviza todos los engranajes del sistema nacional e internacional. El mundo iría de guerra en guerra si no fuera por la figura afable, estirada, sonriente, bon vivant, del diplomático. Y esto, a otro nivel, es válido dentro de cada nación.

En cada país, los grupos sociales, políticos, económicos, estarían tirándose los trastos a la cabeza si no fuera por el té de las cinco, los almuerzos entre amigos de facciones rivales, y tretas similares. La transición española se construyó así. La Iglesia descubrió esto hace mucho. Y lo lleva haciendo más o menos desde que dejaron de tirarles a los leones.

No critiqueís a la Iglesia por esto. Hasta la Madre Teresa de Calcuta sabia que el Reino de Dios necesitaba de gente como ella misma, pero también del nuncio. Y cuando digo esto lo digo con conocimiento de causa, porque conocí a un sacerdote dirigido suyo que me habló de estas cosas.

Así que luchemos por la utopía, sí, pero desde el realismo. Porque los únicos que pueden construir la utopía son los realistas. Los otros botarán barcos que se hunden cerca de los astilleros.

Lo único que se les pide a los eclesiásticos dedicados a servir a Dios en este campo, es que no sean falsos, que no mientan, que no haya doblez en ellos, que vivan entre ricos sin hacerse ellos mismos ricos. Pero también ellos defienden el Reino de Dios.

Yo creo que hubiera sido un buen diplomático. Pero cambié las nunciaturas por el demonio. Nunca he lamentado el cambio.

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