viernes, julio 03, 2009

Relojes del mundo, uníos.


La idea de una república donde los relojes fueran encarcelados, me parece tan apasionante. Bodegas y mazmorras llenas de relojes. El tic-tac resonando bajo la bóveda cerebral del Presidente Supremo, del Guía de los Pueblos, del Gran Hermano de todos los ciudadanos.

Y él, él más que nadie, sabedor de que existe una hora fijada, una hora final, que su sueño de progreso, de aclamación y pleitesía, se derrumbará abruptamente. Como en los cuentos infantiles el amor se transformará en odio, las masas vitoreantes en masas humanas que toman el palacio, el ministerio, y arrojan los papeles, los informes, los preciados informes, a la calle formando una nevada de libertad y embriaguez.

Sí, es duro ser tirano sabiendo que existe la maldición de la hora. Todos lo saben en lo más profundo de sus miedos. Si se pudiera ser dictador ad aeternum, sería otra cosa. Pero todo reloj, en el fondo, es un conspirador porque le recuerda que se acerca su final.

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