miércoles, julio 22, 2009

Tierras de penumbra: recorriendo los pasillos de un hospital


Una de las cosas a las que me he dedicado este verano, es a sustituir al capellán del inmenso hospital Príncipe de Asturias con sus centenares de pacientes ingresados.

Por un lado es terrible comprobar toda la cantidad de cosas espantosas que le pueden pasar a mi cuerpo. La enfermedad se puede cebar en cualquiera de nosotros como la más inmisericorde de las bestias. Da la sensación, en algunos casos, de que la enfermedad es un lobo, un león, una pantera, que va mordiendo a sus víctimas sin importarles lo más mínimo su dolor, su sufrimiento, sus sentimientos, el que ya no pueden más.

Por otra parte, este catálogo del sufrimiento me tranquiliza. Porque al recorrer todos los pasillos llego a la conclusión de que sólo puede sucederme algo de lo que ya he visto. Es como si el conocimiento de las posibilidades de sufrimiento me serenara. Lo desconocido en las cotas de sufrimiento, intranquiliza.

Veo aquí al pobre jesuita, en otros tiempos seguro que gran predicador, reducido a un anciano que duerme, que ya no entiende, ni habla, ni quizá oye. Veo a la pareja de cuarenta años que pasea abrazada, él con un gotero sobre ruedas, seguro que cuando se casaron hace unos años no se imaginaron que sus días de miel y rosas acabarían en ese pasillo. El chico de veintidós años que por un accidente del Destino y del asfalto, ya no podrá mover más que la cabeza durante toda su vida. Veo al agricultor que siempre ha vivido bajo el cielo azul, y que ahora sufre hasta las lágrimas por sus escaras en los glúteos, mientras un líquido negro cae de su costado a una bolsa. La lista es interminable.

Pero el sufrimiento me lleva a entender que la única respuesta válida a todo este despliegue de llanto y dolor sólo puede ser Dios. O existe Dios o nada tiene sentido. Mientras todo va bien en la juventud, el ser humano parece investido de la eternidad. Pero después descubre que el suelo se le va desmoronando bajo los pies. Sólo entonces muchos piensan: ¿hay algo bajo los pies? Digo muchos, no todos. Algunos, hasta el final, no quieren pensar más allá del mañana. Algunos han bloqueado sus mentes frente a la realidad.

Bloqueos, conocimiento, el Destino, dolor, pasillo del paritorio, comedor de personal, capilla, la tierra que se deshace bajo los pies, azúcar en sangre, la pasión de las diálisis, las muñecas ennegrecidas de tantas agujas, jóvenes al borde del más allá, ancianos de pelo blanco que esperan con resignación, programas del corazón en una habitación en la que el de al lado dejará este mundo dentro de unas horas. Todo esto, mezclado en un admirable concierto, estructura y jerarquía forma este hospital que uno puede recorrer durante horas.

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