martes, agosto 04, 2009

Conversación entre el falso obispo de Barbastro con el falso obispo de Lérida

Hoy me ha llamado un amigo mío oscense y hemos estado hablando un rato. Al final ha salido el tema de los bienes eclesiásticos de la Franja. Es decir, que si los catalanes devuelven a los aragoneses los retablos y tallas que la Santa Sede ha dictaminado que se devuelvan. (No trato de explicar a mis amigos de la Patagonia este asunto porque se trata de algo excesivamente provinciano y hasta de mal gusto.)

Pero hablando y hablando (en Huesca se usa el verbo charrar) no sé muy cómo he acabado yo imitando al obispo de Lérida y él al obispo de Barbastro. Yo, que mi segunda lengua es el catalán, imitaba con veracidad el acento del obispo ilerdense (que suena un poco socarrón), y mi amigo baturro imitaba al prelado barbastrense con acento aragonés al cubo.

En mi imitación, el obispo ilerdense le pedía a su colega que se calmara y que no tuviera prisa. Que si los retablos y las figuras llevaban varios siglos en territorio jurídicamente peteneciente a la diócesis catalana, tampoco era tan terrible que ahora pasaran algunos años más resguardados en casa. Después de tantos siglos, tampoco es ahora cosa de que vayamos con prisas.

Nos reímos mucho imaginando al pobre pintor de un retablo de pueblo, el lío que se formaría en pleno siglo XXI con una obra originalmente pensada para que la gente rezara delante. Pero el dichoso retablo ahora parecía especialmente diseñado para hacer que los obispos se peleasen.

Yo que soy de Barbastro y por eso puedo hablar con cierto fundamento, preferiría que esas obras se cediesen en alquiler a algún museo chino y que el dinero se diera a los pobres. Hablo completamente en serio.

Pero el pobre obispo de Barbastro ya ha recurrido a todas las instancias posibles para que le devuelvan los dichosos objetos, ya sólo le queda apelar al Mago de Oz. Y aunque no se descarta una marcha verde hacia el museo, más bien parece que opta por aquello de que más se perdió en Cuba y volvieron cantando.

En medio de aquella conversación con mi amigo hablando con un acento más cerrado que el de Paco Martínez Soria, y yo con un deje jordipujoliano intenso, llegamos a la conclusión de que era muy posible que esos retablos hubieran podido ser pintados por algún militante medieval de Ezquerra Republicana que quisiera dejar un regalo envenenado para la Iglesia del futuro.

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