miércoles, agosto 05, 2009

El provincianismo


El nacionalismo exacerbado es un vicio europeo. Nuestros hermanos latinoamericanos carecen de esa enfermedad que quita flexibilidad a las mentes. No conozco a ningún gran espíritu, a ningún gran intelectual, que haya caído en ese vicio. La cultura, los viajes, el contacto con los otros, forman espíritus cosmopolitas. Al salir de casa, uno más su casa. Pero sin fanatismos, sin estrecheces, sin exclusiones. Es un amor que no lleva al odio.

La unión entre celtas e íberos ha funcionado bien hasta hace cuatro días. Han sido varios siglos de entendimiento y armonía. Algunos ahora se empeñan en insistir que la creación de una nueva división generaría más progreso y avance. Algunos ahora creen que la unión entre Fernando e Isabel tampoco fue tan gran idea como nos han hecho creer.

Los países del mundo, todos, se han forjado bajo la idea de que la unión de los seres humanos era preferible a la creación de divisiones y fronteras entre estos. De que la armonía era preferible a que cada uno se encerrara en su casa y en su pueblo. Podemos insistir en lo que nos separa, pero siempre será más lo que nos une. En pleno siglo XXI querer seguir insistiendo en que lo mejor sería retornar a los fueros de Atanagrum, me parece casi de broma.

Pero en cierto modo me parece lógico. Cuando una sociedad pierde sus valores morales, se produce una hipertrofia de cualquier otro valor. No hay nada como sembrar el orgullo para ganar votos. No hay nada como culpar al otro de todos los males, para que los electores te digan: ¿cómo no nos habíamos dado cuenta?

Desde el mero punto de vista de la moral, lo mejor es el entendimiento, la cooperación, la ayuda mutua desinteresada. Cuándo nos enteraremos, que si tratamos de ayudarnos entre todos al final todos salimos ganando. Eso vale entre naciones, para la política, para las ciudades, para las familias.
Las grandes naciones, prósperas, fuertes, pujantes, siempre lo han tenido claro. Pero hemos permitido durante muchos decenios que los sembradores del pasado (sembradores del amor al pasado excluyente) hayan hecho su trabajo, sin que nosotros nos atreviéramos a dar un juicio moral. Como si esas ideas hubieran sido moralmente asépticas. No lo eran.

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