domingo, agosto 09, 2009

Un sermón predicado con la trompeta


Tengo una amiga que es agnóstica. Con ella he tenido muchas conversaciones filosóficas y no he logrado mucho que digamos. Aunque, a veces, he logrado un cierto éxito en el arte de irritarla. Pero ahora tengo una razón que hará mella, por fin he logrado el caballo de troya que atravesará las duras murallas de su increencia: le voy a pasar el vídeo de Louis Armstrong cantando The saints are marching in.

http://www.youtube.com/watch?v=dMMtdVQLTpE&feature=related

No creo que haya nadie, salvo que sea de piedra, y que no entienda inglés, que pueda escuchar esta canción y no querer unirse a los santos entrando en la Nueva Jerusalén, a los santos marchando hacia la Luz.
Armstrong lo dice con una alegría, con una convicción, con una felicidad resplandeciendo en su rostro, que salvo que uno sea de piedra, no queda más posibilidad que rendirse.

Reconozco que nunca he escuchado un sermón dicho de un modo tal que resistirse a él es casi una temeridad. No lo pondría en la Capilla Sixtina mientras entran los cardenales, pero creo que es una forma de presentar la fe y el más allá que resulta arrebatadora. Ah, si lograra decir mis sermones con esa calidez que desprende su voz: calidez humana, sencillez, bondad. No es una voz, es la personalidad que desprende esa voz.
Ojalá que cuando yo entre en el Cielo, Dios mediante, me salgan a recibir Bach y Louis Armstrong. Si me sale a recibir Marilyn Manson, preguntaré educadamente: perdone, ¿dónde estoy?

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