sábado, agosto 22, 2009

Ya estoy en casa


Ya estoy en casa. Una semana de viajes. Charlas, predicaciones, visitas a conventos, selvas, volcanes, calores llenos de humedad, mosquitos inmisericordes con el clero, aguacates y otras muchas frutas cuyos nombres no recuerdo, unas de sabor harinaceo, otras diminutas y de sabor indefinido, otras llenas de semillitas negras en medio de una especie de gelatina recubierta por una cáscara como la de la naranja. Casitas pequeñas entre palmeras al lado de la carretera, iglesias llenas, estrechar la mano de cientos de personas, estar rodeado de hospitalidad y sonrisas. Gente que viene con mis libros y los abre con una sonrisa para que los dedique. Gente desconocida pero a la que me unen mis libros. Lectores de mi blog en los lugares más insólitos. Anécdotas y cenas amables. Beso anillos episcopales, impongo las manos sobre una indígena de rasgos extraordinariamente raciales, se acercan a mí curiosos dos docenas de niños de la guardería del padre Sergio, se agarran a mi sotana blanca, me piden con sus manitas que los coja en brazos. Sí, ha sido un gran viaje. He disfrutado, he hecho apostolado y regreso mejor persona que cuando me fui, con una más clara idea de qué es lo esencial en esta vida, y qué es totalmente un laberinto intelectual occidental. Muchos eclesiásticos dedicamos mucho tiempo a esos laberintos humanos. En Latinoamérica la Iglesia rebosa vida. También es verdad que mi situación es un poco contradictoria. Curiosamente esos magníficos laberintos de conceptos e ideas, esas construcciones góticas de teología, fascinan a esos hombres de otras latitudes. De ahí que nos movemos entre la vida y entre los libros. Creo que ya siempre me moveré entre esos dos mundos. Deliciosa contradicción, las páginas y los seres humanos. Quizá no haya contradicción.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada