jueves, septiembre 10, 2009

El prodigio de inculturación romana


La inculturación del mensaje del cristianismo en la cultura de Grecia y Roma fue un éxito. Podemos soñar qué se hubiera podido hacer en otros lugares de la Tierra en siglos posteriores. Podemos imaginar un altar cristiano (incluso con sus velas y su crucifijo) en lo alto de las pirámides de Teotihuacán.
Me puedo imaginar perfectamente a un jesuita del siglo XVI diciendo misa en latín ante una masa congregada alrededor de la pirámide, cantando y esperando a que el sacerdote baje a darles el Pan bajado del Cielo. Me puedo imaginar escenas semejantes entre los mayas y en todas las culturas mesoamericanas.

¿Por qué no sucedió? Desde luego no fue porque esos jesuitas, los dominicos y los franciscanos no tuvieran una idea muy clara de qué era lo esencial en el mensaje que predicaban y qué era lo accidental. Desde luego no fue porque carecieran de mentalidades flexibles. No, no fue eso.
La gran diferencia entre los falsos cultos griegos o romanos, y los cultos aztecas y similares, era que muchos de estos últimos eran sistemas de opresión. No eran religiones que acercaran a las almas a Dios, sino estructuras para oprimir en este mundo a sus congéneres.

De ahí cuando el poder que sustentaba por la fuerza aquel sistema sacerdotal se desplomó, su religión lo hizo también. Y nadie la echó de menos.

Nadie se planteó cristianizar las pirámides aztecas, del mismo modo que nadie se planteó cristianizar Austchwitz. Hay cosas que se pueden transformar, hay otras que es preferible abandonar.

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