viernes, septiembre 18, 2009

Noche del viernes. Hemos comido pescado.


Sigo aprendiendo italiano. El italiano no se deja. Se escabulle con irregularidades, con reglas dentro de las reglas, con excepciones a las excepciones. Llevamos tres semanas y la clase puede ir poco más allá del presente de indicativo.
La comida del collegio es buena, mucho más buena de lo que me había imaginado. Eso es malo. Pensaba perder. Aun así, con tanto ir a la facultad, con tanto trajín, he perdido tres kilos desde que vine.

El agua es muy calcárea. Mi familia tiene facilidad para formar piedras en el riñón. Tendré que preguntar si debo beber agua de botella. No creo que aquí haya agua de Vichí.

He celebrado por la tarde en la Basílica de San Apolinar. Me he reconciliado con el barroco. Se puede llegar a amar al barroco, a esa selva, ese prado de formas y colores. No es lo que más ayuda a rezar, pero te metes dentro de ti mismo y te olvidas de que estás en una especie de fotograma de Alicia en el país de las maravillas.

Bueno, os dejo. Un mexicano de Zacatecas ha invadido mi habitación para descargar el controlador de su impresora. Llevo perdido en el asunto casi tres cuartos de hora. Dichosa caridad, con lo bien que estaba yo con mi partida de ajedrez, escuchándo música, y ahora el run run de la conversación sobre controladores, drivers y cosas de la impresora que no me interesan. Si me hablara de orcos, del centro de la tierra, de la vida secreta de Sherlock Holmes, pues me interesaría, pero los programas de su impresora me dejan frío. Le he dicho que tenía que escribir el post, de momento aguarda callado sentado frente a mí.

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