domingo, septiembre 27, 2009

Ocurrencias durante la misa


El próximo domingo ya sé dónde voy a celebrar misa: en la basílica de Santa María en el Trastévere. Es una basílica que me hace recordar cómo debían ser esas misas en las que el Papa era el obispo de de cuarenta o cincuenta presbíteros. Una basílica que me lleva a los primeros tiempos de la libertad cristiana tras la persecución.


Pero el viernes celebré solo en una capilla de otra basílica. Y os cuento un pensamiento que me vino a la mente. Cuando nada más consagrar el vino, alcé el cáliz, pensé que allí, en el interior de esa copa de plata, estaba la verdadera esencia del Nuevo Testamento. Esencia que es una persona.

Era como si el Nuevo Testamento fuera una vid, y que esa vid tuviera unos racimos que exprimidos eran el contenido del cáliz. Pronto pensé que esos racimos eran las heridas del Cristo. Sus heridas habían sido muchas, por eso había muchos racimos. Nunca se me había ocurrido ver al Nuevo Testamento como una vid, como algo vivo, como una palabra viva. Tan viva como una planta. Por supuesto, esa planta también era Cristo. El Nuevo Testamento es Jesús. Hay que distinguir en el Nuevo Testamento entre ramas, sarmientos, hojas y racimos. Pero, al fin y al cabo, es Él.


Continuaré mañana con este post.

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