miércoles, septiembre 23, 2009

Pobrecillos, tienen hambre.


Los italianos deben estar hartos de nosotros. Debe ser una tortura china estar rodeado de personas recién llegadas de todas partes del mundo, que dicen frases simples, sencillas, propias de Barrio Sésamo y que cada dos por tres te preguntan: ¿cómo se dice esto?, ¿cómo se dice lo otro?, ¿cómo se dice aquello?, ¿y eso otro?, ¿y lo de más allá?, ¿y tal cosa?

Entre los compañeros hay quien ha venido Corea y hasta de Galilea. Sí, tenemos un palestino cristiano.

Como voy vestido de cura, todos los pobres de la calle me pedían. Que yo no soy el Banco Ambrosiano, les repetía en cada esquina. Al final, tras un mes de transitar por las mismas calles a hora fija, ya me conocen y me saludan, pero me han dado por un caso imposible.

Al principio yo no sabia italiano, pero les deletreaba CA-RI-TAS. Me volvían a insistir. Y yo volvía a repetir CA-RI-TAS, PA-RO-CHIA. Bastaban unos siete segundos para que la contundencia de mi silabeo, les hiciera comprender que no iban a sacar ni un céntimo. Al final, cuando ya no hay dinero de por medio, puedes hablar con ellos con serenidad y conocerles.

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