lunes, septiembre 21, 2009

Una oveja que tenía sed


Por la noche, cuando regreso de la capilla del collegio hacia mi habitación, a veces me llevo una pequeña linterna. Atravieso salas oscuras y resulta casi inevitable el resistir la tentación de enfocar a los cuadros, concretamente a las caras de los cardenales. Sí, hay algo en la curiosidad humana que hace que queramos ver la cara iluminada de un cuadro mientras uno va andando por un lugar oscuro.

Cuando voy por la mañana a la capilla, la tentación es otra: la de desviarme un metro hacia la izquierda y así verme reflejado en el gran espejo de enfrente, ver cómo avanzo por la sala.
Otra cosa curiosa es cómo llevan tan bien los veteranos del collegio, el que durante las comidas, cenas y desayunos, los recién llegados les torturen los oídos con sus cuatro palabras de italiano. Una comida puede ser hasta gracioso. Pero semana tras semana debe ser para volverse loco. Sin embargo, no se quejan. Eso sí, tampoco nos corrigen. Ya puedes decir la mayor barbaridad que siguen untando la mantequilla en su rebanada y se limitan a sonreir.

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