lunes, octubre 26, 2009

El sol está a millones de kilómetros


Por la noche, he escuchado tres largas piezas de Georges Delerue. Este especialista en música inglesa isabelina era el amo. No me canso de escucharle. Su música que me ha dado pie a pensar una vez más en el paso del tiempo. Es curioso, soy una persona que no siente para nada el peso de la eternidad. Ni la siento amenazante, ni como una fuente de preocupación. Lo que me preocupa es el tiempo. Lo que siento es la levedad del tiempo.

Lo que presiona a mi yo no es la eternidad, sino el modo en que se evapora el único tiempo que tenemos para ganarnos la eternidad. El tiempo, siempre el tiempo, como una de las cosas sobre las que más pienso. Del mundo no me interesan tanto sus montañas, ni sus bosques, ni las miles de cosas de las que está lleno, como el tiempo.

Su belleza me parece sencillamente increíble. Es como si el tiempo dotara de movimiento a las cosas, mientras que otras permanecieran como escollos contra los que rompen las olas de los siglos. Una montaña de roca, las pirámides, tantas cosas. El paso del tiempo visto desde los cristales de una ventana, desde mi habitación, las hojas que se mueven, las palomas que pasan, un niño que corre por la acera.

Lo que más me gusta de la foto es recordar lo calentito que se estaba al sol y la ancianita de detrás que se pregunta: ¿quién será ese cura?

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