martes, octubre 13, 2009

Jo, qué día.

Ayer fue un día grande. Pude hacer algo que había deseado por largo tiempo: ver el departamento donde se escriben las bulas pontificias. Como bien sabéis una de mis aficiones siempre ha sido la caligrafía artística. Entrar en ese scriptorium, ver las bulas a medio escribir, las plumas, las tintas, los pergaminos tal como llegan. No os podéis imaginar lo que disfruté.

Pero cuando estuve a punto de reventar de vanidad, fue cuando el jefe del departamento me dijo que conocía mi trabajo, que ya lo había visto hacía tiempo. En ese momento pequé de vanidad, de soberbia, de engreimiento, de inmodestia y de orgullo. Casi exploté allí mismo, poniéndolo todo perdido. Bien es cierto que sólo he dicho que conocía mi trabajo. Si hizo algún juicio de valor, me lo guardo. Bueno, mañana os sigo contando porque hoy se me ha hecho un poco tarde. Os quiero desde Roma, sed bueno.

Ah, hoy he visto al cardenal de Barcelona, pero eso os lo cuento mañana. Aunque sí que os digo que siempre me ha caído tan bien el cardenal Sistach. No sé nada de su diócesis, ni de su gobierno, pero su rostro franco, abierto, afable, nada presuntuoso, lleno de sinceridad, siempre me ha encantado. Insisto no sé nada de su gobierno, porque no es mi trabajo ni enterarme de esas cosas, ni enjuiciarlas, pero como persona siempre me ha causado una impresión inmejorable. La impresión de ser una gran persona.

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