martes, octubre 27, 2009

La comida eclesiástica


En el comedor del collegio hay un sacerdote que tiene siempre, absolutamente siempre, un humor fantástico. Sus carcajadas sonoras resuenan en cada comida, en cada cena, en cada desayuno. Otro sacerdote, en el otro extremo, por el contrario, siempre está serio. Es verdaderamente raro verle sonreír. El cura rumano tiene una voz prodigiosa para el canto: potencia, dominio de los matices, podría haberse dedicado sin duda a la ópera. Otro sacerdote, mexicano, está un poco preocupado porque pasan las semanas y le da la sensación de que no avanza en el domino del italiano. Otro sacerdote, de Perú, sabe menos italiano, pero vive feliz y el asunto no le preocupa lo más mínimo.


Después, como siempre, están las habilidades particulares. Un cura polaco sabe todo sobre informática, incluso tiene la ingeniería superior de informático. Pero no le interrumpas mientras te está haciendo algo en el ordenador, porque se acerca a la pantalla para no verte y te dice: guarda, guarda. Otro sacerdote es médico. A él van todos con sus dolencias.


Reina en el comedor muy buen ambiente: alegría, deseos de agradar al otro, de recogerle el plato si ha acabado. El cura coreano siempre es muy comedido, en el otro extremo están algunos italianos del sur que son vivaces por naturaleza.


Eso sí, el comedor es bastante feo. Tiene ese aire de casa de convivencias de los años 70. Ese aire de las salas en las que el tiempo ha ido acumulando cosas, y en las que ningún superior se ha animado a decir: vamos a tirar todo lo que sobra. Desde luego el comedor no tiene ninguna estética determinada, como no sea la estética de la acumulación heterogénea posconciliar.

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