viernes, octubre 09, 2009

Noche de insomnio


Es curioso que una persona que se duerme tan pronto como yo todos los días, una vez cada dos o tres meses tenga una noche de insomnio.

Yo creo que no fueron ni la digestión (no cené mucho), ni mis problemas (no tengo), ni mi conciencia (sí que tengo), sino el ruido que venía de la calle.

Aquí no hay un Gallardón que ponga a los bares firmes por la noche. Y cada dos por tres oigo un coro de alemanes cantando el cumpleaños feliz. Ayer, encima, algún bar de copas puso la música a todo volumen.

Aun así, con música o sin ella, tengo una noche de insomnio una vez cada dos meses, más o menos.

Ayer me dediqué a hacer un supremo esfuerzo por ver cuál era el primer recuerdo de mi vida, o al menos a rescatar alguno de esa época. Pero no logré nada. Aunque sí que me acordé de un barquito de plástico que tenía y que metía en mi bañera, así como lo mucho que me gustaba jugar con los pucheros en la cubeta de la cocina, también mi acuerdo de clavar un cuchillo en un montón de trozos de cera laminada en la fábrica de mi padre, y de un tío mío que me sacó un domingo a pasear y me dijo que me compraba un tebeo. Yo señalé uno, y me dijo: de esos no (eran más caros), de estos los que quieras.

También me acordé de cuando acababa Sabado Cine y estaba solo en casa porque mis padres se habían ido a cenar con los amigos. De cómo encendía primero la luz de mi habitación y después iba al recibidor para apagar la del pasillo. No quería pasar a oscuras. Siempre pensaba que podía haber alguien detrás de las puertas.

También me acuerdo de la escena de cuando compramos un pollito amarillo en una feria agrícola. Y de cuando cogí el sarampión, en ese caso se ponía un papel de celofán rojo en la bombilla, era la costumbre, no sé por qué.

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