miércoles, noviembre 18, 2009

El día que me puse a correr por una basílica


Había ido a concelebrar a esa basílica, porque hoy era la fiesta de la dedicación de ese templo. Tras la celebración me quedé un rato hablando con varios monjes. Me despedí y salí de la sacristía. Pensaba quedarme un rato visitando la iglesia, pero al ir por el transepto vi que debían estar ya desalojándola, porque ya estaba vacío. Bajé a la nave central y me dije: vaya, que vacío está esto.

Caminando hacia la salida, me di cuenta de que no es que estuvieran desalojándola, sino que ya estaba vacía. Seguí andando hacia la salida, la nave central era larguísima. De pronto me entra un pensamiento: no se ve nadie, absolutamente nadie. ¿Y si cuando llego a la salida está cerrada? ¿Y si cuando vuelvo a la sacristía, también está cerrada?

Llegué a la salida, y efectivamente estaba cerrada. De inmediato comencé a caminar hacia la sacristía. Pero tardaría bastante en llegar. La basílica era tan grande que aun gritando no me hubieran escuchado. Y pensé: ¿y si ahora se empiezan a apagar las luces? No tengo teléfono móvil. Nadie me escucharía desde fuera. Sin luces, ni siquiera podría llegar a la sacristía.

Fue entonces cuando pensé que la cosa no era ninguna tontería y que estaba en serio peligro de quedarme encerrado, a oscuras y sin poder escribir el post de la noche. Entonces corrí con mi sotana por la nave central. Aun así, me tomó mi tiempo llegar hasta el extremo del transepto derecho. Ya sólo quedaba una persona en la sacristía. Buf.

O mejor dicho: buff!

No hay comentarios:

Publicar un comentario