martes, noviembre 10, 2009

El martes, un día de felicidad espiritual


Aquella mañana, durante el desayuno, estaba feliz: por primera vez en mi vida iba a celebrar la fiesta de la Dedicación de la basílica de San Juan de Letrán en la misma Basílica de San Juan de Letrán.

Planteé mi ida al templo como una peregrinación. Durante los cincuenta minutos que me costó subir hasta aquella altura de Roma, fui orando. Era un día gris que amenazaba lluvia.
Durante el camino recé el breviario por las anchas aceras y fui con un gran contento espiritual sabiendo que me dirigía hacia la catedral del Papa, hacia el único templo del mundo donde tiene su sede el Sucesor de Pedro.

Cuando entré por los arcos de su fachada y atravesé su monumental atrio, me encontré ante el impacto de sus cinco naves. Y digo que fue un impacto porque en los días anteriores había leído mucho acerca de la historia de ese templo.

Había leído tanto acerca de cómo el palacio de la familia Lateranense había sido confiscado por Nerón, y como en tiempos de Constantino había sido regalado al obispo de Roma, junto a la basílica, que se empleaba entonces como mercado, lugar de comercio y para asuntos civiles que iban desde juicios hasta discusiones políticas. La basílica era como un gran espacio cubierto. Óptimo para días de lluvia y frío, necesario también para resguardarse del sol en los tórridos días de verano.

Pero seguiré mañana. Ahora debo continuar con otras ocupaciones, siempre trabajo un poco después de la cena. Y antes de irme a la cama leo la Biblia un rato, voy a la capilla y rezo completas.

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