sábado, noviembre 21, 2009

Ah, Roma, Roma


El pasado miércoles tuve el placer de ir a la Basílica de San Pablo Extramuros el día de la fiesta de la dedicación de esa misma basílica.

Os puedo asegurar que la belleza del ábside, un ábside que perteneció a la primitiva basílica, ejercía sobre mí una fascinación hipnótica. Era algo tan impresionantemente bello que como un imán atraía mi mirada durante toda la celebración eucarística.

Ya el presbiterio, con los benedictinos con sus hábitos negros a un lado, y con los celebrantes con sus casullas blancas al otro, formaban un conjunto tan armonioso, que me parecía estar dentro de una escena pictórica.

Y después, claro, saber que allí, justo debajo del altar, estaba ni más ni menos que el cuerpo que contuvo el alma de San Pablo. Casi nada.
Ah, Roma, Roma, nuestro Lasa (Tibet), nuestra Meca, nuestra Jerusalén de la Nueva Alianza. Qué magníficos templos ornan tu belleza. Cada semana celebro en una iglesia distinta. Puedo seguir cambiando de iglesias, sin repetirme durante media vida. Todos los ritos están aquí, todas las espiritualidades, todas las razas y lenguas.

Bueno, mañana hablaré de Rafa Nadal y sus declaraciones sobre la Iglesia.

No hay comentarios:

Publicar un comentario