domingo, noviembre 08, 2009

Un día de otoño

Bueno, ya se han acabado los post sobre los góticos. Así que os puedo contar alguna cosa sobre mi vida cotidiana. Aquí no deja de llover. Llueve todo el día, un día gris, oscuro. Lleva lloviendo desde hace tres días.

Por la noche, ha caído cerca del collegio un rayo. El estruendo ha sido tan fuerte, que ha despertado a todos los residentes. Yo, en concreto, he soñado que había caído una bomba atómica. No lo digo en broma, el último pensamiento que he tenido antes de abrir los ojos ha sido ese. Se ha mezclado el sueño con la realidad. Es algo que a veces pasa: que la realidad (un ruido, el despertador, ganas de ir al aseo) se introducen en el sueño, y el sueño busca una justificación para esa irrupción del mundo real.

En mi caso, con el trueno, no he llegado a despertarme completamente. De forma, que de inmediato el sueño ha seguido con ese argumento. Y pensaba (en el sueño) que era una pena que hubiera caído en Roma: tantas capillas, tantas pinturas en los techos, tantos altares. Es curioso, he pensado en esas tres cosas. Podía haber pensado en otras. Pero he pensado en las capillas, en las pinturas (de los techos) y en los altares. Cosas de los sueños, porque a los humanos que vivían entre esas obras de arte, que les den por saco. No sólo eso, sino que encima he pensado: ojalá que hubiera caído en otra ciudad, una ciudad de esas modernas, feas, con edificios horribles. Pero no soy culpable, ni si quiera un poco, no tenía ni advertencia, ni consentimiento, estaba dormido.

Acto seguido he soñado que iba a una tienda a comprar una bata, unas zapatillas y una manta. Lo cual no tiene mucha relación con lo de la bomba atómica. Pero nadie ha dicho que los sueños tengan un índice que proceda de un modo lógico. Aunque deben tener su lógica, sólo que no la conocemos.

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