sábado, diciembre 05, 2009

El bello oficiio de predicar III

Hay personas que les gusta mucho viajar. Es cierto que hay gente que ama la aventura, charlar todo el día, ir de un sitio a otro. Pero son pocas esas personas. La mayoría de los que por trabajo tienen que viajar, siempre comentan lo duro que es. La primera vez en mi vida, hace ya unos siete años, que hice un viaje de apostolado de un mes entero, sencillamente creí que no iba a poder. Tuve esa sensación en la primera semana, al cuarto día. Recuerdo que me arrodillé en la habitación de mi hotel y le dije al Señor que si no me daba fuerza, que me iba a resultar imposible. Los cuatro primeros días fueron muy cansados, cuando pensaba que me quedaba un mes entero, creí que la carga sería superior a mis fuerzas.

Pero en los siguientes días me fui sintiendo mejor. Y al final, cambiaba de ciudad, daba otra charla, cambiaba de ciudad, daba otra conferencia, y no sentía cansancio. Podría haber seguido así de forma indefinida. Podría haber seguido un año entero al ritmo: otro día, otra ciudad, otra conferencia.

Yo creo que en los primeros días me tentó el demonio. Al fin y al cabo hablaba de él. Pero después, salvo una ronquera persistente de hablar tanto, fue como trabajar en mi parroquia.

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