domingo, diciembre 06, 2009

El bello oficio de predicar IV

Predicar es algo que me tomo muy en serio. Porque predicar es poder actuar sobre centenares de personas a la vez, o miles cuando hay miles de oyentes en una charla.

Predicar es un ejercicio más espiritual, que de reglas de retórica o de ciencia humana o cosas así. Siempre les pido ayuda a los ángeles. Y siempre pienso que soy indigno de una labor tan excelsa como hablar a la gente de Dios. Uno tendría que purificar sus labios como Ezequiel antes de hacerlo.

Hay una sabiduría de lo alto que es la que hay que dar a los que te escuchan. Esa sabiduría se adquiere en los meses anteriores a una charla. Hay que meditar la Sagrada Escritura y otros escritos. Después hay que tratar de entregar a los que te escuchan, lo que uno mismo ha escuchado del Espíritu Santo. Por eso hay charlas de otras personas que no me interesan. Porque están vacías. Eso se nota en seguida, si en una charla hay algo, o todo es cartón piedra humano. De todas maneras, es raro que vaya a una charla, conferencia religiosa o predicación, porque siempre saco más fruto en mi meditación privada que escuchando a otros. Hace años que prefiero escuchar al Espíritu Santo que a los humanos.

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