martes, diciembre 22, 2009

A los cuarenta años de edad nos da por mirar al pasado. A mí, por lo menos, mucho.

Hoy, después de la cena, he recordado como nos mostraban el futuro en mi infancia y juventud. Se aprende mucho recapacitando sobre ese futuro que nunca fue, y que seguirá siendo un futuro imaginado.

Las visiones que nos mostraban en comics, ilustraciones y películas eran visiones muy coloridas. Todo el mundo estaba feliz como en una fiesta. La gente que andaba por esas ciudades solía ser pintada con una sonrisa. Y eso que iba vestido con una especie de pijamas ajustados. A veces, incluso, con un gorro de tela que se ajustaba a la cabeza. A nadie nunca se le ocurrió meter un melenudo en esas escenas idílicas de un urbanismo en el que siempre lucía el sol y no hacía frío.

Una buena cúpula de cristal era tan imprescindible como un monorraíl. En aquella época, era impensable el futuro sin monorraíles. Era un futuro ingenuo. No es posible verlo sin pensar: qué cándidos éramos. Pero era una candidez sencilla exenta de culpa. Era un futuro sin Al Qaeda. Un futuro sin Guantánamo, sin Internet, sin teléfonos móviles (aunque no exento de unos ciertos comunicadores). Al final no tomamos pastillas para alimentarnos, ni hay ciudades bajo el mar, y en el espacio ya no están ni los rusos. Nunca nos imaginamos un futuro galáctico con Rouco Varela.

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