jueves, enero 07, 2010

Adán y Eva y Buenos Aires.

En mi paseo por Buenos Aires hubo una cosa de pésimo gusto para un puritano como yo. ¿Que a qué me refiero? Pues no a otra cosa que a cierta pintura de la Iglesia de Nuestra Señora de la Piedad. Levanté mi vista hacia lo alto y allí me los encontré, a Adán y Eva tal como sus madres los trajeron al mundo. Aunque esta frase relativa a ellos no tiene sentido, pero ya me entendéis.
Como me imagino que el cardenal de Buenos Aires estará leyendo este post, desde aquí le pido que saque a esos Adán y Eva de ese techo. Le sugiero que un día que haya tormenta, el párroco eche tres o cuatro cubos de agua para que piensen que haya habido una filtración desde la cubierta. Dado lo desnudos que están, la mayoría de los fieles pensarán que ha sido un justo castigo meteorológico contra esa pintura.

El párroco, incluso, podría comentar dolorido: ya es casualidad que tras la tormenta se hayan dañado justamente esa parte de la pintura.

Pero ya sabemos que en este mundo nada es casualidad. Y menos en las cosas eclesiásticas, que es donde menos casualidades se dan. Pregunten a los nuncios, pregunten a los canónigos, y verán que especialmente allí donde parece que ha habido una casualidad es donde menos ha tenido que ver el azar.

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