viernes, enero 01, 2010

La habitación donde vivo es como ésta. Sólo que donde está la monja, estoy yo.


En la noche de año nuevo, tras la cena (aquí en el collegio se cena a las 19:30), pensé en ir andando hasta el Vaticano. Una pequeña peregrinación. Hubiera llegado a la plaza, hubiera hecho una breve oración y me hubiera vuelto.

Pero tras la cena empezó a llover. Lluvia que en pocos minutos se convirtió en diluvio. Y no paró durante horas. Mi primera buena acción del año encalló en la meteorología.

Así que al día siguiente, es decir, hoy, he ido a la misa del Papa en San Pedro. Iba con otro sacerdote, hemos llegado sólo diez minutos antes de que empezara la misa. Así que he decidido arriesgar el todo por el todo y me he dirigido por la puerta de la izquierda, que es por donde entran los obispos. En la otra, había cola.

Misteriosamente, el hombre de seguridad me ha dejado entrar. Pero segundo problema, faltaban ya dos minutos y aun estando dentro de la basílica, todos los asientos estaban ocupados. Entonces, la Providencia ha vuelto a actuar por segunda vez, y al preguntar a uno de los encargados de mayor nivel, los que llevan esmoquin y un collar dorado, me ha dicho: sígame. Y me ha puesto detrás justo de los embajadores.

He visto al Papa claramente, desde su flanco derecho. Su voz denotaba una cierta afonía, levísima.
Si hubiera visto al embajador español, le hubiera saludado. Me cae muy bien. Bono, sin embargo, ha perdido muchos puntos tras sus últimas declaraciones volterianas.

Por la tarde he visto la película Nixon contra Frost, he tomado algo de chocolate y no he podido salir, dado que llovía y llovía, y encima con viento. El collegio está muy deshabitado. Pero mis trabajos intelectuales prosiguen.

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