miércoles, enero 20, 2010

Las ventajas de casarse con un arqueólogo


La foto es de cuando estuve en México en Diciembre (ya se ve que allí no hacía frío). El post de abajo es de hace unos días, en los que no paró de llover. Y el título, para acabar de rematar la situación, no tiene una relación demasiado clara con el post. Otros días pongo el post y después leo las críticas. Hoy he decidido poner la crítica al principio para evitar trabajo al sufrido lector.

(Aquí comienza lo que escribí hace una semana más o menos y que se me quedó perdido por algun cajón.)

Menudo aguacero ha caído hoy en Roma. Ha sido impresionante ver caer tanta agua. Cuando cae un chaparrón así, siempre pienso en lo bonita que quedaría toda esa agua cayendo de la boca de una hilera de gárgolas. Pero esto aquí en Roma es impensable. Aquí no pegan las gárgolas. Ésa es una ciudad renacentista, humana, luminosa. Nada que ver con la dureza gótica, con el pétreo misterio de latitudes más nórdicas. Roma no tiene nada que ver con las tierras de brumas misionadas por monjes celtas. Esta es una ciudad donde resalta lo humano, donde la fe es más humana que en ninguna otra parte.

En otras latitudes se piensa en Roma como en la sede de la inquisición. Se piensa en esta ciudad como la sede de grandes edificios en cuyas oscuras estancias se maquinan oscuras estratagemas contra la libertad de los eclesiásticos. Nada más lejos de la realidad. Roma es una ciudad de mammas y papás haciendo pizza y comiendo pasta, una ciudad donde los monseñores son más cercanos que un canónigo español de provincias. Ésta es una ciudad de sonrisas, abrazos, columnas salomónicas, y despachos modestos en pequeñitos palazzos bastante destartalados.

Aquí uno entiende por qué Dios ha escogido Roma, esta Roma real, frente a versiones más impresionantes del cristianismo europeo. Si Roma hubiera estado en Castilla, hubiéramos tenido una curia mucho más severa. No tengo la menor duda. También podría haber estado en Galicia, pero quién aguanta esa lluvia todos los días.

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