lunes, enero 04, 2010

Retorno a Bridgeromehead


Ya estoy en Roma de nuevo. Regresé el día 27. Me recibió una ciudad fría, con una oscuridad invernal, lluviosa. El collegio no se hallaba menos frío y solitario, con sus pasillos silenciosos y vacíos. El primer día sólo cuatro residentes nos reunimos para cenar alrededor de la mesa.
Pero yo quería estar aquí. Roma no era una cuestión de comodidad, ni un asunto de gustos. La ciudad se había convertido en una fuente de santificación, en mi bullicioso monasterio donde reinaba rezar y trabajar.

En mi habitación me aguardaba un bellísimo regalo de una familia mexicana: un gran cuadro de la Virgen de Guadalupe, de gran tamaño, con un precioso marco dorado que rodea un marco interior de rosas plateadas. La Virgen mira serena hacia su derecha.

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