domingo, febrero 07, 2010

Barbastro: alguno pensara III


A la gente se le daba alguna pastilla, algún jarabe, y se le visitaba al día siguiente. En los años 70, un traslado al hospital era algo que nunca conocí ni en mi familia, ni en los vecinos, ni en los conocidos. A la gente se la dejaba en la cama a ver cómo evolucionaba la cosa. Y efectivamente, la inmensa mayoría se levantaba restablecida dos días después o una semana después. Si la cosa no se arreglaba de ninguna manera, es cuando se podía pensar en ir al hospital.

Me acuerdo del Agua del Carmen. Lo que yo ya no llegué a probar fue el aceite de hígado de bacalao. Cuando dolía una muela, te ponían anís en un algodón sobre la caries. Por supuesto, el celofán rojo en la lámpara cuando el sarampión. No había que rascarse con la varicela. Había muchas lombrices, muchas. Si te picaba una abeja, se ponía barro encima.

Mi madre se asustaba cada vez que abría un paraguas dentro de casa, una vieja superstición muy extendida por Huesca. Y que miedo tenía la gente a los rayos, incluso dentro de casa. Claro que eran truenos de los que hacían retumbar la casa. No son lo mismo las tormentas en Madrid, que en el Pirineo. En casa de familiares sí que han caído rayos, y no eran ninguna tontería. Los pararrayos quitaron mucho encanto a las tormentas.

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