viernes, marzo 05, 2010

La misa tradicional II



Los asuntos de actualidad interrumpieron las notas que había tomado con ocasión de una misa a la que asistí. Así que para retomar el hilo, escribo de nuevo el post I ,y pongo seguida la parte de hoy a partir de donde digo Por eso entiendo que los griegos.


Sabeís que hice el propósito de asistir en Roma a misa en todos los distintos ritos que existen en la Iglesia Católica. Ya he asistido a varios, y hoy me he dicho: ¿Por qué no voy a una misa tridentina?Así que he asistido a una misa de la Sociedad Sacerdotal de San Pedro, que están en comunión con Roma.Me han dado un bonito roquete para ponerme sobre la sotana y una birreta para la cabeza, puesto que en el coro estábamos tres sacerdotes.


La iglesia era preciosa, antigua. La misa tenía toda la solemnidad de un gran pontifical. Celebrante con dos diáconos y un sinfín de acólitos. Coro, incienso, de todo.Pero a pesar de lo bien que han dicho la misa, a pesar de lo amables que han sido conmigo, a pesar de que estéticamente todo estaba muy bien, todo el rato no podía evitar el pensar una y otra vez que mi corazón pertenece a la misa del Vaticano II.


Si me preguntáis qué defecto he visto a la misa a la que he asistido, mi respuesta es: ninguno.Si me preguntáis qué virtudes y aspectos positivos he visto: os diré que muchos. Sin embargo, ésta es la primera misa a la que asisto en este rito y, pienso, que será la última. Los ritos tienen un aspecto sentimental, que hacen que uno esté unido a ellos. Y para alguien que como yo ha crecido en el rito y el espíritu del Vaticano II, resulta imposible volver atrás.

Por eso entiendo que los griegos estén unidos a sus ritos, los maronitas a los suyos, y los amantes de la tradición tridentina a los suyos. Porque cuanto más conozco todos los ritos que enriquecen a la Iglesia (ritos de oriente y occidente), más siento el Vaticano II, teológica y litúrgicamente, como mi casa.

Creo que el Vaticano II fue una teología, una reforma litúrgica y muchas cosas más, pero ante todo fue un espíritu. Un espíritu de calidez, de rostro humano, de cordialidad, que por supuesto ha existido siempre y en todas las iglesias, pero que brilló de un modo especial en ese momento justo de la Iglesia, el del Concilio. La teología del Concilio se expresa (como en su culmen) en el redescubrimiento de la misa como banquete.

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