domingo, febrero 14, 2010

Las caras

Sigue de ayer

La mirada de aquel buen sacerdote ha sido una de las cosas más impresionantes que he visto en las últimas semanas. Toda su vida parecía reflejada en aquellos ojos llenos de una sencillez amorosa como no había visto quizá nunca.

Creo que nunca me he impresionado tanto viendo un rostro como entonces. Le miraba y me daban ganas de besarle la mano como señal de reverencia.

En esos ojos limpios y bondadosos se reflejaba toda una vida de servicio a Jesús. Eran dos lagunas de amor.

Amor y humildad eso era las virtudes que se veían en su rostro. Frente a ellos, me acuerdo ahora de las condecoraciones y de lo que pienso sobre ellas, es decir, que no sirven para nada, que son un trozo de tela con un trozo de hojalata pintada colgando. Mientras que este hombre no necesitaba ninguna condecoración. Su rostro era la mayor condecoración, el mayor honor. Nadie podía quitarle esa condecoración, nadie podía retirarle ese honor, la luz que emanaba se la había impuesto una vida y nadie tenía la potestad de retirar una luz.

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