jueves, febrero 04, 2010

Recuerdos barbastrenses

Barbastro en mi infancia, visto con los ojos de niño, era un lugar lleno de vida. Sus calles eran una prolongación del hogar. Nada había amenazador. Una ciudad de un tamaño humano. Unos cuantos millares de vecinos que constituían una unidad.

En esa época nadie vivía solo. Era algo impensable. Todo el mundo vivía en familias, o con una familia. Las casas del centro de la ciudad eran inmensas. Incluso las casas pobres. El concepto de piso se inventó después. Las casas del centro eran muy oscuras. Los muros eran muy recios, abundaban los pasillos inacabables, los trazados laberínticos. Había pocas ventanas y solían dar a un edificio de enfrente, situado a pocos metros.

La religión no era una fuerza opresiva, cómo se repite una y otra vez en las películas. Se trataba de lo más normal de la vida. Estaba allí.

Curiosamente, no se pagaban impuestos. Parece increíble, pero era así. El ayuntamiento sólo cobraba un poco por llevarse la basura y por el agua. Nadie pedía servicios. Lo de pedir se nos ocurrió después. En esa época, lo único que se pedía a aquel estado de cosas era que continuara.

A nadie se le pasó por la cabeza que aquella sociedad homogénea, pacífica, tranquila y amable desaparecería treinta años después, que desaparecería completamente. El futuro sería la continuación del presente, eso sí, con más electrodomésticos. El futuro sería la continuación, pero con más aparatos. Qué lejos estaban de saber aquellos hombres de boina y garrota, aquellas mujeres con velo vestidas de negro hasta los tobillos, que todo ese mundo estaba a punto de desaparecer.

Me acuerdo que las ovejas pasaban por pleno centro de Barbastro al caer la tarde. El carré, el Argensola. Más allá del Argensola, todo eran campos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario