martes, marzo 30, 2010

Martes Santo o mi viaje al Aventino

La foto es del domingo. Esperando junto a la Puerta de Santa Ana, me encontraron dos lectores de este blog. El día dela insolación.

Obsérvese como la señorita abusa de todo el sombrero no dejándome a mí nada de él. Si miran con más atención, verán que ella tiene pelo y yo no.

El resultado fue el que todos sabemos.
Nota: el del centro es el padre Fortea.

Martes Santo:
Hoy tocaba la misa estacional en la antigua basílica de Santa Prisca. Templo pequeño e insuperablemente afeado por las mejoras que se fueron superponiendo en los tres últimos siglos. La obra de desmejoramiento de esta iglesia sin duda ha sido tarea de manos muy duchas. Si profesionalmente hubieran requerido mi trabajo para lograrlo, no lo hubiera podido hacer mejor.

Desgraciadamente la liturgia ha estado de la mano con el templo. Me imaginaba que me iba a encontrar con una gran ceremonia. Pues no. Allí estaba el párroco y su coadjutor africano haciendo lo que podían. Y la verdad es que pudieron bastante poco.

La tostada ya debían olérsela los viejos en el cuartel, porque allí los únicos clérigos que aparecimos fuimos un cura alemán despistado y yo.

Eso sí, el día acabó en una cena con el mejor de los humores, mientras el italiano más burlón y sarcástico de mi collegio se reía mientras yo imitaba el sermón de Jorge de Burgos (véase El Nombre de la rosa) cuando decía: no evolución, sino una divina recapitulación.

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