miércoles, marzo 31, 2010

Miercoles Santo y una noche bíblicamente movida


Hoy la misa estacional se celebraba en la Basílica de Santa María la Mayor. Un cuarto de hora de paseo por el centro de Roma y otro cuarto de hora ascendiendo el monte Esquilino hasta llegar al grandioso templo. Con una bolsa en la mano conteniendo un alba, una estola y mi breviario en latín.

La misa bonita. Cabildo de ancianos canónigos con bonete negro, cardenal vestido de coro en su reclinatorio, procesión con una reliquia de la Santa Cruz, coro a varias voces, monjas, peregrinos, es decir, había todo aquello que se espera en una liturgia basilical.

Donde yo me sentaba, no se entendía bien el sermón. Quizá alguien cuya lengua nativa fuera el italiano sí que lo hubiera entendido, pero yo por más que me esforcé no captaba el sentido de ninguna frase. Eso unido a que estaba situado en un sillón, en un ángulo donde la gente no me veía, y al run rún de la voz de anciano predicador, un venerable canónigo de voz débil, provocó en mí un sopor invencible.

Debo hacer notar que esa noche, me quedé más rato de lo que debía buscando la exégesis espiritual del capítulo 40 del Génesis sobre las bendiciones de Jacob a sus doce hijos, en conexión con las bendiciones de Moisés en el Deuteronomio antes de entrar a Canaán.

Semejante festín bíblico supuso una reducción del tiempo que tengo fijado para soñar, y esas cosas se pagan.

Pero debo decir con toda sinceridad, que durante el apacible sermón mi cabeza ni una sola vez cayó hacia un lado delatando mi estado interior. Me mantuve con una compostura irreprochable. Pero las entonaciones italianas llenas de suavidad que escuchaba desde el ambón, situado éste fuera de mi campo visual, ejercían en mí el efecto de un maternal arrullo, de una nana a la que no era posible resistir.

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