miércoles, marzo 24, 2010

Señor, aumenta mi fe


Leí con profunda tristeza el artículo de Jairo titulado Ni salvados ni redimidos.

Siempre me esfuerzo por encontrar los puntos de unión, no sólo entre los hermanos de mi fe, sino también con otras religiones, con todo ser humano. Pero ni toda la bondad del mundo, ni toda la amabilidad, ni todo el té con pastas que podamos tomarnos entre sonrisas, podrá evitar el que, al final, yo tenga graves dudas de que su autor tenga la misma fe católica que yo, de que él crea en la Biblia, o incluso que su Jesús y mi Jesús sean la misma persona.

Su artículo no niega una sola cuestión de la fe, sino que destruye los mismos fundamentos en los que se basó la entera misión del Cristo en la tierra. Su artículo no sólo niega aspectos de la Biblia, sino que supone el fin del mismo concepto de Palabra de Dios tal cual la hemos recibido desde la época de los Patriarcas. Al final, tenemos que preguntarnos: ¿en qué Jesús de Nazaret creemos?

Cuando afirmamos: tengo fe. ¿A qué nos estamos refiriendo?

La fe católica no es la fe en el ser humano, no es la fe en la mañana que amanece, no es la fe en la bondad y en el niño que nace. La fe que hemos recibido de un Ireneo de Lyon, de un Atanasio, de un Anselmo de Canterbury es un conocimiento, es un conjunto de verdades. Y si no crees esas verdades no eres católico.

Poca gente sabe que Tomás Moro encerrado en la Torre de Londres tuvo un momento de duda. Una mañana vio la hilera de cartujos camino del lugar de suplicio. Desde ese momento manifestó a sus familiares que toda duda desapareció: si esos hombres estaban dispuestos a morir por el primado de Pedro, entonces la verdad estaba en Pedro.

Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia.

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