jueves, abril 01, 2010

Jueves Santo o el día que cené con Jesús, con el Papa y con los sucesores de los Doce


Tendríais que haber estado en mi piel para sentir la emoción que para mí ha sido vivir la Celebración de la Cena del Señor en la catedral del Papa, San Juan de Letrán. Yo miraba a lo alto del colosal mosaico del ábside, miraba al rostro de Jesús que presidía todo el templo desde lo alto. Miraba al bello baldaquino con las reliquias de los apóstoles. Miraba al final de la basílica, a la lejanía, allá donde las personas parecían diminutas. Hacia las puertas de la nave central, las puertas del antiguo Senado de Roma. Las mandó traer un emperador para mayor gloria de la Casa de Dios.

Encima me ha tocado sentarme cerca del Papa. ¡Le veía tan cerca! Allí, sobre su cátedra. No dejaba de mirarle al comienzo de la celebración. Y no era el único. Entre los centenares de concelebrantes, era evidente que sobre un cierto número la visión del Sucesor de Pedro atraía las miradas como un imán.

No voy a ir a lo esencial, como siempre, y me fijaré en los detalles. Debajo de los bellísimos ornamentos, llevaba una tunicela. Se la hemos visto todos, cuando ayudado por dos monseñores se ha quitado la casulla para lavar los pies a doce presbíteros. Curiosamente le han puesto una especie de delantal de lino, blanco y con una cruz. Un delantal que le llegaba de la cintura hasta el borde inferior el alba y que se ataba por detrás. Él no hacía nada, dos expertos ceremonieros le quitaban las vestiduras y se las ponían con la experiencia que dan los años en cualquier trabajo.

Durante la comunión me ha tocado el dar la comunión al Cuerpo Diplomático y a algunos miembros de la Guardia Suiza. Después, he recorrido toda la basílica por sus naves ayudando a los que seguían dando la comunión. Todos los pueblos de la tierra estaban allí, todas las razas. Toda la historia de la humanidad parecía haber desembocado a ese punto, en esa cena, en ese acto de escucha a Jesús y de adoración a su persona oculta.
Ah, Roma, corazón de la cristiandad.
Esto es maravilloso. Si me muero, por favor, no os molesteis en repatriar mi cuerpo.

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