domingo, abril 04, 2010

Ojalá la foto fuera de hoy. Pero no, el cielo tenía otros planes.


¿Hará falta decir que hoy escuché misa en la Plaza de San Pedro? Sí, no podía ser de otra manera. Mi plan de celebraciones no podía concluir de otra manera.

Además pude hacerlo en lo que se llama la Capilla Papal, gracias a un amigo. Es decir, cerca, cerca. No voy a decir que casi podía tocar al Papa, pero cerca, sí.

Lo que no pudo haber previsto el ceremoniero, fue la cantidad de lluvia que cayó durante la misa. Llovió todo el tiempo con abundancia, con ganas, con perseverancia. Todos estábamos empapados desde la primera fila de cardenales hasta los monseñores de la tercera fila, la Guardia Suiza, los carabineros de la banda, todos, absolutamente todos.

Para acabar de arreglar las cosas, yo no me había puesto jersey bajo la sotana. Aun así no hubiera importado, si no me hubiera mojado. Así que allí estaba yo, empapadico y con frío en la tercera fila a la izquierda del altar. Al menos me consolaba viendo la cara de frío del Cuerpo Diplomático (igualmente empapado) y la cara de fastidio de algún anciano purpurado.

Por lo demás todo muy bien. Pero no creais que exagero con lo de la lluvia. Tres horas sentado bajo una lluvia continua es un poco desmoralizante. Y eso que yo no dejaba de suscitar en mi interior pensamientos altos y nobles de cristiana resignación.

Para celebrar el día, me compré dos cannoli siciliani de postre. Eso sí, tuve que comer solito en mi habitación. Recordad que no hay nadie en el collegio. Para celebrar el día, me vi entera la tercera parte de Schreck. Como me hace reir ese ogro verde.

Dulces tras la comida, un día de descanso dominical, la misa en la Plaza, día del Resurrección. El mundo estaba en paz para mí, rozando la perfección. Un mundo perfecto aunque algo lluvioso.

Schreck logró retornar a su pantano querido, y el padre Fortea estaba en su Roma querida. Un final feliz para hoy.

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